Alexander Roslin – Princess Francavilla
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La paleta cromática se articula en torno a tonos pastel: rosas pálidos para el vestido, contrastados con el rojo intenso de las cortinas que enmarcan la escena. La luz incide sobre el rostro y el busto, resaltando la piel alabastrina y los delicados detalles del peinado adornado con flores naturales. El cabello, recogido en una elaborada estructura vertical, es un elemento clave para comprender la moda de la época.
El vestido, confeccionado con tejidos ricos y fluidos, se define por su corte abierto en el pecho, revelando un sutil escote que denota elegancia y sofisticación. La ornamentación floral, tanto en el peinado como en los bordados del vestido, refuerza una atmósfera de refinamiento y sensualidad contenida. En la mano izquierda, la retratada sostiene un pequeño ramillete de flores silvestres, un detalle aparentemente inocente que podría aludir a la fragilidad de la belleza o a la transitoriedad de la vida.
El fondo, difuminado en tonos verdes oscuros, crea una sensación de profundidad y misterio. La presencia de las cortinas rojas, con su textura opulenta, sugiere un ambiente íntimo y privado, posiblemente un salón o alcoba palaciega. El mobiliario, aunque parcialmente visible, parece estar hecho de materiales preciosos, como la madera tallada y el dorado.
Más allá de la representación literal de una dama aristocrática, esta pintura invita a reflexionar sobre los valores y las convenciones sociales de su tiempo. La pose estudiada, la vestimenta ostentosa y la expresión contenida sugieren un ideal de belleza y virtud que era propio de la nobleza del siglo XVIII. No obstante, la sutil melancolía en el rostro de la retratada introduce una nota de ambigüedad, insinuando quizás las limitaciones impuestas a la mujer en esa época o una cierta insatisfacción con los roles sociales asignados. La pintura, por tanto, trasciende la mera representación para convertirse en un documento visual que nos permite acceder a una época y a una cultura específicas.