Mauritshuis – Aert van der Neer - Landscape at Sunset
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El cielo es el elemento central y más impactante. Una espesa capa de nubes oscuras, cargadas de humedad, se extiende sobre toda la extensión visible, permitiendo apenas vislumbrar un resplandor tenue que sugiere el ocaso o quizás una luna incipiente. La luz, aunque limitada, irradia desde un punto central, creando focos de luminosidad en las nubes y reflejos en la superficie acuática inferior. Esta iluminación no es uniforme; se percibe como filtrada, casi espectral, lo que contribuye a la sensación general de quietud y misterio.
En el plano terrestre, una extensión de agua calma ocupa gran parte del primer término. Su superficie refleja con cierta imprecisión los elementos celestes, intensificando la atmósfera onírica y difuminando los límites entre cielo y tierra. A lo largo de la orilla se distinguen construcciones modestas: algunas edificaciones rurales, un muelle rudimentario y una estructura que podría ser un molino o una iglesia. Estos elementos arquitectónicos son pequeños e insignificantes en comparación con la inmensidad del cielo, sugiriendo la fragilidad de la existencia humana frente a las fuerzas naturales.
La paleta cromática es predominantemente oscura: tonos grises, marrones y negros dominan la escena, acentuados por los destellos dorados que emanan de la luz. Esta elección contribuye a crear una atmósfera sombría y contemplativa. La pincelada es suave y uniforme, sin trazos evidentes ni texturas marcadas, lo que refuerza la sensación de quietud y serenidad.
Más allá de la mera representación de un paisaje, esta obra parece explorar temas como la fugacidad del tiempo, la inmensidad de la naturaleza y la insignificancia del hombre ante el cosmos. La ausencia casi total de figuras humanas intensifica este sentimiento de soledad y reflexión. El crepúsculo, con su transición entre la luz y la oscuridad, simboliza también un momento liminal, una encrucijada donde se difuminan las certezas y se abren posibilidades a la interpretación. Se intuye una profunda melancolía, pero también una cierta belleza en la aceptación de lo efímero y lo desconocido.