Quellin – quellin1
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En esta composición, se observa una profusa acumulación de elementos que sugieren un festín visual y simbólico. El primer plano está dominado por una mesa rebosante de frutas y aves exóticas, dispuestas sobre una tela oscura que contrasta con la luminosidad del conjunto. Un pavo real despliega su plumaje, elemento central que atrae inmediatamente la mirada, irradiando un aura de opulencia y nobleza.
La disposición de las aves es particularmente notable: algunas están muertas, otras parecen estar a punto de volar, creando una tensión entre la vida y la muerte, el control y la libertad. Los perros, representados con gran detalle en sus pelajes y expresiones, observan la escena con atención, añadiendo un elemento de vigilancia y posible amenaza. Uno de ellos parece casi extenderse hacia el espectador, rompiendo ligeramente la barrera entre la representación y nuestra propia percepción.
El fondo se abre a una arquitectura clásica, con columnas coríntias que enmarcan un paisaje brumoso y distante. En los nichos de las columnas, se distinguen esculturas alusivas a la mitología grecorromana, lo cual eleva el significado de la escena a un plano alegórico. La presencia de estas figuras clásicas sugiere una referencia a la abundancia y prosperidad asociadas con los dioses paganos, posiblemente como una metáfora del poder terrenal o una reflexión sobre la fugacidad de la riqueza.
El juego de luces es fundamental para la interpretación de esta obra. La luz incide directamente sobre las frutas y aves, resaltando su color y textura, mientras que el fondo se sume en una penumbra que acentúa la sensación de profundidad y misterio. Esta técnica lumínica contribuye a crear una atmósfera de teatralidad y grandiosidad.
En términos subtextuales, esta pintura podría interpretarse como una alegoría del tempus fugit (el tiempo vuela), donde la abundancia de alimentos y aves representa los placeres efímeros de la vida, mientras que la presencia de las aves muertas y los perros sugiere la inevitabilidad de la decadencia y la muerte. La arquitectura clásica en el fondo podría simbolizar la permanencia del arte y la cultura frente a la transitoriedad de la existencia humana. La composición, en su conjunto, invita a una reflexión sobre la vanidad de las posesiones materiales y la importancia de apreciar los momentos fugaces de la vida.