Camille Pissarro – Boulevard Montmartre - Mardi-Gras. (1897)
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El autor ha empleado una pincelada suelta y vibrante, con colores cálidos – ocres, marrones, rojos– que sugieren un ambiente brumoso y ligeramente melancólico a pesar del aparente júbilo. La luz parece difusa, filtrándose entre los edificios y creando reflejos sutiles en el pavimento mojado. Los detalles individuales de las figuras se diluyen en la multitud; son más manchas de color que retratos definidos, lo que contribuye a una impresión general de anonimato e impersonalidad.
En primer plano, se distinguen algunas figuras montadas en vehículos tirados por caballos, posiblemente parte de un desfile o cortejo festivo. Su presencia acentúa la sensación de movimiento y dinamismo. La arquitectura circundante es típica del paisaje urbano parisino: edificios altos con balcones y tejados a mansalva, que se repiten a lo largo de la avenida.
Más allá de la representación literal de una escena urbana, la pintura parece sugerir reflexiones sobre la vida moderna en la ciudad. La multitud anónima podría interpretarse como una metáfora de la creciente urbanización y el individualismo de la época. La atmósfera brumosa y los colores apagados insinúan una cierta desilusión o melancolía subyacente a la aparente alegría del carnaval. El autor no busca idealizar la escena, sino más bien capturar su esencia compleja y ambivalente: un retrato de la vida urbana en toda su vitalidad y su soledad. La perspectiva forzada y la pincelada expresiva contribuyen a una sensación de inestabilidad visual que refleja quizás la propia incertidumbre del momento histórico.