Camille Pissarro – Rouen, Fog Effect. (1898)
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La paleta cromática es predominantemente terrosa y apagada: tonos ocres, grises y marrones se mezclan para crear una sensación de opacidad y melancolía. La luz, filtrada por la niebla, no proyecta sombras definidas, sino que envuelve la escena en un velo uniforme. La pincelada es suelta y fragmentaria, contribuyendo a la impresión general de inestabilidad visual y transitoriedad.
Más allá de la mera representación del paisaje, la obra sugiere una reflexión sobre el impacto de la industrialización en el entorno natural. El humo que emana de las chimeneas, visible incluso a distancia, simboliza la contaminación y la transformación del espacio urbano. La bruma, además de crear un efecto atmosférico, podría interpretarse como una metáfora de la confusión o la pérdida de claridad ante los cambios sociales y tecnológicos.
La ausencia de figuras humanas acentúa la sensación de desolación y alienación. El espectador se enfrenta a un paisaje impersonal, donde la actividad humana se reduce a meros indicadores de progreso, pero también de degradación ambiental. La composición, con su perspectiva reducida y su enfoque en los detalles más que en la totalidad del panorama, invita a una contemplación introspectiva sobre el paso del tiempo y la fragilidad del entorno. Se percibe un anhelo por lo perdido, una nostalgia por un pasado quizás más puro o menos alterado por la intervención humana.