Château de Versailles – Charles Le Brun -- The King governs by himself
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En la parte superior, una multitud de figuras aladas, tanto masculinas como femeninas, se agolpan en el espacio, algunas sosteniendo elementos arquitectónicos o simbólicos. Se percibe una sensación de movimiento ascendente, casi caótico, aunque controlado por la estructura compositiva general. La iluminación es dramática, con fuertes contrastes entre zonas iluminadas y áreas sumidas en sombras, acentuando la teatralidad del conjunto.
En el centro inferior, un grupo centralizado domina la escena. Una figura masculina, vestida con ropajes reales y coronado, se encuentra asentada sobre una estructura que recuerda a un trono o carro triunfal. A su alrededor, diversas figuras femeninas, identificables por sus atributos (tridente, cetro, corona), parecen personificar virtudes o conceptos asociados al poder soberano: justicia, prosperidad, victoria. Al pie del trono, se observan figuras prostradas, posiblemente representando la sumisión de los enemigos o la derrota de las fuerzas adversas.
La paleta cromática es rica y vibrante, con predominio de tonos dorados, rojos, azules y ocres. El uso abundante de luz dorada confiere a la escena un aire de solemnidad y divinidad. La técnica pictórica es virtuosa, evidenciando una maestría en el manejo del color y la perspectiva.
Subtextualmente, la obra parece exaltar la legitimidad del poder real, presentándolo como derivado de una autoridad superior, casi divina. La representación de las figuras alegóricas refuerza esta idea, sugiriendo que el gobernante es portador de virtudes esenciales para el bienestar del reino. La presencia de las figuras aladas y el entorno celestial implican una conexión entre el mundo terrenal y un plano trascendente, otorgando al monarca una posición privilegiada en la jerarquía cósmica. La disposición de los personajes, con aquellos que se someten a la autoridad real en la parte inferior, refuerza visualmente la idea del poder absoluto y la obediencia debida. La composición general transmite un mensaje propagandístico claro: el gobernante ejerce su poder con la bendición divina y para el bien común.