William Etty – A bacchanalian revel
Ubicación: Private Collection
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En el primer plano, destaca la presencia de una figura masculina central, sentada sobre un lecho de ropas y adornos. Su postura transmite autoridad y dominio, mientras levanta un cáliz en lo que parece ser un gesto de ofrenda o invitación a participar en los placeres del momento. A su lado, una mujer, con el cabello adornado de flores, se inclina hacia él, ofreciéndole también una copa. La luz incide sobre sus cuerpos, resaltando la tersura de la piel y acentuando la sensualidad inherente a la escena.
A ambos lados de esta pareja central, un grupo heterogéneo de personajes participa en el festín. Algunos se recuestan sobre el suelo, entregados al placer y al abandono; otros danzan o juegan con frutas y objetos rituales. La variedad de poses y expresiones faciales contribuye a la sensación de caos controlado que impregna la obra.
El fondo, aunque menos definido, revela un paisaje agreste con una luz tenue que se filtra entre los árboles. Esta profundidad espacial crea una atmósfera misteriosa y sugiere que el festín tiene lugar en un espacio fuera del tiempo y de las convenciones sociales. La presencia de figuras infantiles en segundo plano añade una dimensión ambigua a la escena; podrían interpretarse como símbolos de inocencia corrompida o como participantes activos en los rituales.
La paleta cromática es rica y cálida, dominada por tonos ocres, dorados y rojizos que evocan el calor del sol y la exuberancia de la naturaleza. El uso contrastado de luces y sombras intensifica la dramatización de la escena y contribuye a crear una atmósfera de opulencia y decadencia.
Subyacente a la representación explícita del placer carnal, se intuyen reflexiones sobre los límites entre la civilización y el instinto, la razón y la pasión. La obra parece explorar la naturaleza humana en su estado más primario, despojada de las restricciones impuestas por la sociedad. El festín, lejos de ser una simple celebración, podría interpretarse como una transgresión de normas establecidas, un desafío a la autoridad y una afirmación del poder del deseo. La abundancia de elementos simbólicos – los frutos, las flores, los cálices – invita a una lectura alegórica que trasciende la mera representación de una escena festiva.