Georges Seurat – Seurat The Eiffel Tower, 1889,
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El autor ha empleado una técnica particular para plasmar la escena: pequeños puntos de color, aplicados meticulosamente uno junto al otro, crean una superficie vibrante y texturizada. No se trata de líneas definidas ni de mezclas suaves; el ojo del espectador es quien debe recomponer las formas a través de la yuxtaposición de estos pigmentos puros. Esta técnica confiere a la obra una cualidad casi óptica, donde la imagen parece fluctuar ligeramente al observarla.
La paleta cromática se centra en tonos verdes, amarillos y azules, con toques ocasionales de naranja y marrón que acentúan los detalles estructurales. La atmósfera general es luminosa, aunque no exenta de cierta bruma que difumina los contornos más lejanos. Se intuyen otros elementos arquitectónicos a la base de la estructura principal, pero estos se integran en el conjunto mediante una sutil degradación tonal y un tratamiento similarmente puntillista.
Más allá de la mera descripción de un monumento, la obra parece sugerir una reflexión sobre la modernidad y el progreso industrial. La monumentalidad de la construcción contrasta con la delicadeza del tratamiento pictórico, creando una tensión visual que invita a la contemplación. El uso de la técnica puntillista podría interpretarse como una forma de desconstrucción de la realidad, un intento de analizar la luz y el color en sus componentes más básicos. La imagen evoca una sensación de asombro ante la audacia de la ingeniería y la belleza inherente a las formas geométricas. Se percibe una cierta distancia emocional; no hay figuras humanas presentes, lo que enfatiza la monumentalidad del entorno y la soledad del observador.