Gustave Courbet – Le Glacier
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En primer plano, el terreno se presenta irregular, con vegetación densa que incluye árboles de porte considerable, destacando un ciprés solitario a la izquierda, cuya verticalidad contrasta con la horizontalidad del paisaje. Un curso fluvial serpentea por el valle, reflejando fragmentos del cielo y las montañas circundantes, aportando una sensación de movimiento y vitalidad al conjunto.
La presencia de ruinas, integradas sutilmente en el paisaje, añade una capa de complejidad interpretativa a la obra. Estas estructuras, parcialmente cubiertas por la vegetación, sugieren un pasado histórico, quizás ligado a una civilización que habitó estas tierras y que ahora se ha desvanecido con el tiempo. No son elementos centrales, sino más bien fragmentos de una historia olvidada, recordatorios silenciosos de la transitoriedad humana frente a la inmensidad natural.
La paleta cromática es dominada por tonos verdes, grises y azules, con toques de amarillo ocre en el suelo y reflejos dorados en el agua. La pincelada es suelta y expresiva, contribuyendo a crear una atmósfera melancólica y contemplativa. El autor parece buscar no solo representar la apariencia visual del paisaje, sino también transmitir una sensación de misterio y grandiosidad, invitando al espectador a reflexionar sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, así como sobre el paso inexorable del tiempo. La composición evoca un sentimiento de soledad y melancolía, pero también de respeto y admiración por la fuerza implacable de la naturaleza.