Jusepe de Ribera – Ribera St Jerome
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El anciano se encuentra sentado sobre un pedestal o mesa de madera, sobre la cual descansa un pergamino enrollado, parcialmente desplegado. En su mano derecha sostiene una pluma, como si estuviera a punto de escribir o quizás, de interrumpir una labor intelectual para dirigirse a algo que le perturba. La mirada es directa y penetrante; parece dirigida hacia el espectador, invitándolo a compartir su angustia o revelación.
A sus pies, un cráneo humano reposa sobre la misma superficie, símbolo inequívoco de la mortalidad y la fugacidad de la vida terrenal. La presencia del cráneo no se presenta como una mera decoración, sino como un elemento crucial para comprender el mensaje subyacente de la obra. El anciano parece confrontar directamente su propia finitud.
La iluminación es teatral: un haz de luz intensa ilumina la figura principal, dejando el resto de la composición sumido en una oscuridad profunda y amenazante. Esta técnica, característica del tenebrismo, intensifica el dramatismo de la escena y focaliza la atención del espectador sobre los elementos más relevantes. La luz no es uniforme; modela las formas, acentúa las texturas y crea un ambiente de tensión palpable.
El fondo, aunque oscuro, revela fragmentos de una cortina o tapiz con motivos vegetales, que aportan una nota de opulencia contrastante con la austeridad del personaje principal. Esta yuxtaposición sugiere quizás una reflexión sobre los placeres mundanos frente a las aspiraciones espirituales.
En general, la pintura transmite un mensaje de introspección y arrepentimiento. El anciano parece estar sumido en una crisis existencial, confrontado con su propia mortalidad y posiblemente, con errores del pasado. La obra invita a la reflexión sobre la fragilidad humana, la importancia de la fe y la inevitabilidad de la muerte. La intensidad emocional se ve reforzada por el uso magistral de la luz y la sombra, así como por la representación realista y detallada de la figura principal.