Alte und Neue Nationalgalerie – Anton Graff (1736 - 1813) - Self-Portrait with Eye-shade
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La paleta cromática es dominada por tonos terrosos: marrones, ocres y grises, que contribuyen a crear una atmósfera de sobriedad y reflexión. La luz incide sobre el rostro del retratado, resaltando sus facciones y otorgándole un aire de dignidad. El contraste entre las zonas iluminadas y las áreas en sombra acentúa la tridimensionalidad de su figura y añade dramatismo a la escena.
Un elemento distintivo es la presencia de una visera verde que cubre parcialmente sus ojos. Este accesorio, común entre los artistas para protegerse del resplandor de la luz durante el trabajo, se convierte aquí en un símbolo de su oficio y de su dedicación al arte. En su mano izquierda sostiene un pincel y una paleta con restos de pintura, lo que refuerza aún más su identidad como creador.
El fondo es oscuro y difuso, casi abstracto, pero se distingue la silueta de un rostro esbozado en el lienzo que tiene a su lado. Este detalle puede interpretarse como una referencia al proceso creativo, a la búsqueda constante de la forma y la expresión artística. También podría sugerir una reflexión sobre la propia imagen del artista y su relación con sus modelos.
La pintura transmite una sensación de introspección y autoconocimiento. El hombre se presenta sin artificios, mostrando las huellas del tiempo en su rostro y aceptando su papel como creador. La mirada directa al espectador establece un vínculo íntimo y sugiere una invitación a compartir la experiencia del artista. En definitiva, esta es una representación que va más allá de lo puramente físico; es un testimonio de una vida dedicada al arte y una reflexión sobre el propio ser.