Henri Matisse – img530
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En el plano medio, una serie de árboles dominan la composición. No son árboles individualizados, sino más bien volúmenes vegetales definidos por contornos sólidos y una paleta cromática restringida: verdes oscuros, azules apagados y toques de marrón. La forma en que los árboles se agrupan y se superponen crea una sensación de profundidad, aunque la perspectiva no es estrictamente realista; parece más un ejercicio de construcción volumétrica que una representación fiel del espacio.
El cielo, visible entre las copas de los árboles, presenta una atmósfera difusa, con tonos pastel que sugieren el amanecer o el atardecer. La luz, aunque presente, no define contornos nítidos, sino que se filtra a través de la vegetación creando un ambiente brumoso y melancólico.
La pintura transmite una impresión de permanencia y resistencia ante el paso del tiempo. Los elementos naturales – las rocas, los árboles, el cielo – parecen fundirse en una unidad sólida, desprovista de dinamismo o movimiento evidente. El uso deliberado de formas geométricas simplificadas y la ausencia de detalles anecdóticos sugieren un interés por la estructura esencial del paisaje, más que por su representación superficial. Se intuye una reflexión sobre la naturaleza como entidad inmutable, donde el individuo se diluye ante la grandeza del entorno. La paleta de colores, aunque limitada, es rica en matices que contribuyen a crear una atmósfera contemplativa y serena.