Paul Gauguin – Self-Portrait (1896)
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La paleta cromática es limitada pero efectiva: predominan los tonos terrosos, ocres, grises y negros, con toques de blanco que definen las zonas iluminadas en la camisa o chaleco que viste el retratado. Esta economía de color contribuye a una atmósfera de austeridad y sobriedad. La composición es sencilla; la figura ocupa casi todo el espacio del lienzo, sin elementos decorativos ni un fondo elaborado que distraigan la atención del espectador.
El autor plasmó una imagen de introspección y quizás cierta desazón. El gesto de la cabeza inclinada, la mirada fija en el suelo, sugieren una reflexión profunda o incluso un estado de ánimo sombrío. La ausencia de una sonrisa o expresión claramente definida refuerza esta impresión de melancolía contenida. La técnica pictórica, con sus pinceladas visibles y su tratamiento poco idealizado del rostro, denota una búsqueda de autenticidad y una voluntad de representar al individuo en su complejidad, más allá de las convenciones estéticas imperantes. Se intuye un retrato psicológico, donde la apariencia física es secundaria a la expresión de un estado interior. La firma, discreta en la esquina inferior derecha, parece casi una nota al margen, reforzando la idea de que el autor se centra en la representación del sujeto y no tanto en la ostentación de su propia presencia artística.