Paul Gauguin – We hail thee Mary, 1891, 113.7x87.7 cm, Metropolitan
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En primer plano, a la derecha, una mujer vestida con un manto rojo vibrante se presenta de perfil, con las manos juntas en actitud de súplica o reverencia. Su postura es formal y contenida, contrastando con la desnudez de las figuras que la flanquean. A su izquierda, dos mujeres desnudas, con expresiones serenas y contemplativas, parecen participar en un ritual silencioso. La primera, envuelta en una tela azul estampada, se inclina ligeramente hacia adelante, como si ofreciera algo invisible. La segunda, cubierta solo por un lienzo blanco, parece absorta en su propia introspección.
El fondo está dominado por la vegetación densa y una luz que irradia desde detrás de las figuras centrales, sugiriendo una presencia divina o trascendental. Esta luminosidad se intensifica alrededor de la figura central, insinuando un halo luminoso que la eleva sobre las demás. La disposición de los árboles y la luz contribuyen a crear una sensación de profundidad y misterio.
El uso del color es significativo: el rojo del manto destaca por su intensidad, mientras que los tonos verdes y azules predominan en el resto de la composición, evocando la naturaleza y la espiritualidad. La paleta cromática, aunque rica, se mantiene dentro de un rango relativamente limitado, contribuyendo a la atmósfera de quietud y contemplación.
Subyacentemente, la obra parece explorar una síntesis entre lo cristiano y lo pagano. La figura central, con su halo luminoso y la actitud reverente de las mujeres que la rodean, podría interpretarse como una representación de la Virgen María. Sin embargo, el contexto tropical, la desnudez de las figuras y la presencia de los frutos exóticos sugieren también una conexión con rituales ancestrales o creencias autóctonas. La yuxtaposición de estos elementos crea una tensión interesante que invita a la reflexión sobre la naturaleza de la fe y la identidad cultural. La inscripción en la parte inferior, Ia Orana Maria, refuerza esta posible interpretación sincrética, combinando un nombre cristiano con una expresión polinesia. En definitiva, el artista ha construido una imagen compleja y evocadora, donde lo sagrado y lo terrenal se entrelazan de manera sutil y sugerente.