Maryse Proulx – Sur les rives de Charlevoix
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La composición se centra en esta figura infantil, pero el paisaje juega un papel fundamental. El mar, representado con pinceladas amplias y vibrantes, domina gran parte del lienzo. Sus tonos azules, que varían desde el turquesa intenso hasta el índigo profundo, sugieren una inmensidad tranquila y poderosa. En la lejanía, se vislumbra una silueta montañosa, difusa y envuelta en una atmósfera brumosa, lo que acentúa la sensación de distancia y quietud.
Un pequeño perro, de pelaje blanco y negro, acompaña al niño, situándose a sus pies. Su presencia introduce un elemento de compañía y lealtad, reforzando la idea de un momento compartido entre el niño y su mascota. La mirada del niño se dirige hacia el horizonte, sugiriendo una contemplación silenciosa o quizás la anticipación de algo que está por llegar.
La luz es suave y difusa, creando una atmósfera onírica y nostálgica. No hay sombras marcadas; todo parece bañado en una luz uniforme que contribuye a la sensación general de calma y paz.
Subtextualmente, esta pintura podría interpretarse como una reflexión sobre la infancia, la conexión con la naturaleza y el descubrimiento del mundo. El niño representa la inocencia y la curiosidad, mientras que el mar simboliza lo desconocido y las posibilidades infinitas. La presencia del perro refuerza el tema de la compañía y el afecto incondicional. En definitiva, la obra evoca una sensación de melancolía dulce, invitando al espectador a recordar sus propios momentos de asombro e inocencia frente a la vastedad del mundo natural.