Eduardo Arroyo – CAA3YM35
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En primer plano, dos figuras se destacan por su silueta negra y simplificada. Una de ellas, claramente personificada como la Muerte, representada a través de un cráneo con grandes ojos expresivos, dirige hacia abajo un objeto que recuerda a un proyector o una cámara cinematográfica. La segunda figura, yacente en el plano inferior, parece estar siendo iluminada o filmada por este dispositivo. Su rostro, inclinado y con los ojos cerrados, sugiere vulnerabilidad, resignación o incluso un sueño profundo.
La elección de la Muerte como agente activo, empuñando una herramienta tecnológica, introduce una interesante subversión de la iconografía tradicional. No se presenta como una fuerza pasiva que siega vidas, sino como un observador, un documentalista del destino humano. El objeto que sostiene podría interpretarse como un símbolo de la vigilancia constante, de la imposibilidad de escapar a la mirada inexorable del tiempo y la mortalidad.
La línea diagonal que separa los colores no solo crea una división espacial, sino también simbólica. Podría representar el umbral entre la vida y la muerte, o bien la barrera entre el observador (la Muerte) y el observado (el individuo). La ausencia de detalles en las figuras refuerza la universalidad del mensaje: se trata de una representación arquetípica de la condición humana frente a la inevitabilidad de la muerte.
El uso de colores planos y la simplificación de las formas sugieren una estética influenciada por el arte popular, los carteles propagandísticos o incluso el diseño gráfico. Esta aproximación estilística contribuye a la accesibilidad del mensaje, haciéndolo comprensible para un público amplio. La obra invita a reflexionar sobre la fragilidad de la existencia y la omnipresencia de la muerte en nuestra vida cotidiana, presentada no como una amenaza, sino como un espectáculo silencioso e ineludible.