Head of Demon Mikhail Vrubel (1856-1910)
Mikhail Vrubel – Head of Demon
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Pintor: Mikhail Vrubel
El año en que Vrubel se trasladó a Moscú, conoció a Konchalovsky, un literato conocido en la época, que estaba trabajando en una edición de las obras de Lermontov. Encargó al artista varias ilustraciones de las obras del poeta, entre ellas "Demonio". Todas las ilustraciones del poema (aunque, a juzgar por la riqueza de la paleta, eran más bien cuadros completos) se realizaron en acuarela negra y destacan por su plenitud semántica. Vrubel trabajó con especial cuidado en "La cabeza del demonio", ya que el cuadro iba a desempeñar un papel importante: ser el cuadro del título.
Descripción del cuadro de Mikhail Vrubel La cabeza del demonio
El año en que Vrubel se trasladó a Moscú, conoció a Konchalovsky, un literato conocido en la época, que estaba trabajando en una edición de las obras de Lermontov. Encargó al artista varias ilustraciones de las obras del poeta, entre ellas "Demonio".
Todas las ilustraciones del poema (aunque, a juzgar por la riqueza de la paleta, eran más bien cuadros completos) se realizaron en acuarela negra y destacan por su plenitud semántica.
Vrubel trabajó con especial cuidado en "La cabeza del demonio", ya que el cuadro iba a desempeñar un papel importante: ser el cuadro del título. Los contemporáneos se sintieron atraídos por el inusual tratamiento del personaje principal del poema del artista, que, como se desprende de la imagen, no era en absoluto lúgubre y sufriente.
Por el contrario, el Demonio está lleno de energía de pensamiento, está dispuesto a indagar una y otra vez, esforzándose por encontrar una solución a las preguntas eternas. Su rostro arde en llamas, como si saliera de su interior; se puede ver en sus ojos y en sus labios. Estos últimos captan especialmente la atención del espectador.
Otra peculiaridad del retrato que hace Vrubel del protagonista es su combinación de rasgos femeninos y masculinos, que sólo pretende subrayar la universalidad y el carácter arquetípico de la imagen. El fondo de la imagen recuerda a los cuadros de otro pintor simbolista, Klimt.
No es de extrañar que el héroe del poema de Lermontov interesara tanto al artista, que inconscientemente transfirió a sí mismo ciertos rasgos del Demonio: su búsqueda de soluciones a los eternos misterios de la existencia, que son de naturaleza metafísica. Por desgracia, los críticos modernos no entendieron las ilustraciones de Vrubel.
El artista ha sido acusado de grosería y fealdad de líneas, de dejar la idea de Lermontov completamente incomprensible para él. Hoy en día es habitual reconocer los cuadros que representan al Demonio (entre los que se encuentra este cuadro) como la cúspide de la obra de Vrubel.
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La obra presenta una cabeza humana, posiblemente femenina, que domina el campo visual. El rostro se caracteriza por unos ojos grandes y expresivos, con una mirada directa al espectador que transmite cierta melancolía o resignación. Los rasgos faciales son delicados, aunque marcados por un sutil dramatismo; la boca es pequeña y los labios finos.
El tratamiento de la figura es difuso, casi etéreo. El artista emplea una paleta cromática restringida a tonos grises y marrones, lo que contribuye a crear una atmósfera sombría y enigmática. Las líneas son suaves y fluidas, desdibujando los contornos y sugiriendo más que definiendo las formas.
Alrededor de la cabeza se vislumbran estructuras arquitectónicas fragmentadas, posiblemente edificios o ruinas. Estos elementos están representados con la misma técnica difusa que el rostro, lo que dificulta su identificación precisa. La superposición de estas formas sugiere una sensación de caos y desintegración.
La ausencia de un fondo claro y definido intensifica la impresión de aislamiento y soledad. El uso del color y la luz parece evocar un estado emocional particular: tristeza, angustia o incluso desesperación.
Se puede interpretar que el rostro representa una figura atormentada por circunstancias externas, simbolizadas por las ruinas circundantes. La mirada directa podría ser una súplica de ayuda o una expresión de dolor silencioso. La obra sugiere una reflexión sobre la fragilidad humana y la inevitabilidad del sufrimiento. El contraste entre la delicadeza del rostro y la crudeza de los elementos arquitectónicos refuerza esta idea, planteando una dualidad entre belleza y destrucción.