Colin Campbell Cooper Jr. – summer 1918
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Una de las figuras, situada a babor, descansa con elegancia, protegida por un parasol de color coral que proyecta sombras suaves sobre su atuendo. Su postura es relajada y contemplativa, sugiriendo una actitud despreocupada y placentera. La otra mujer, en la cámara abisterna, se inclina hacia adelante, absorta en la manipulación de flores acuáticas que sostiene en sus manos. Este gesto revela un interés particular por la naturaleza, una conexión íntima con el entorno inmediato.
El estanque se extiende hasta perderse de vista, reflejando los colores del cielo y la vegetación circundante. En la lejanía, un puente arqueado se vislumbra entre la exuberancia de árboles florecidos, creando una sensación de profundidad y misterio. La pincelada es suelta y fluida, contribuyendo a la impresión general de ligereza y serenidad.
La paleta cromática es rica en tonos cálidos: amarillos dorados, naranjas vibrantes y verdes intensos que evocan el calor del verano. El uso de la luz es fundamental para crear una atmósfera onírica y etérea. La luz no solo ilumina las figuras, sino que también define los contornos de los nenúfares y resalta la textura del agua.
Más allá de la representación literal de un paseo en barca, esta pintura parece sugerir una reflexión sobre el tiempo libre, la contemplación de la belleza natural y la búsqueda de la tranquilidad interior. La presencia femenina, delicada y elegante, evoca una idealización de la feminidad burguesa de la época, mientras que la conexión con la naturaleza sugiere un anhelo por escapar de las tensiones del mundo moderno. El parasol, símbolo de protección y distinción social, contrasta sutilmente con la sencillez de la barca y el entorno natural, insinuando una complejidad subyacente en la representación de la vida idílica. La escena, a pesar de su aparente inocencia, podría interpretarse como un paréntesis temporal, un refugio momentáneo frente a las incertidumbres del mundo exterior.