Pietro Perugino – Madonna with saints adoring the child, 1503, 87x72
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La mujer, presumiblemente una Virgen María, ocupa el lugar central y es vestida con ropajes de colores intensos: un manto azul turquesa sobre una túnica carmesí. Su rostro, sereno y ligeramente melancólico, dirige la mirada hacia abajo, en un gesto de humildad y recogimiento. Sus manos están juntas en actitud orante, reforzando esta impresión de devoción. El velo que cubre su cabello es translúcido, permitiendo vislumbrar el color del pelo rojizo debajo.
A ambos lados de ella se encuentran dos figuras masculinas, identificables como santos por sus atuendos y expresiones reverentes. Uno de ellos, a la izquierda, viste una túnica oscura con detalles dorados y tiene el cabello largo y ondulado. Su mirada es dirigida hacia el niño que yace en el suelo. El otro santo, a la derecha, porta un manto rojo y azul, y sus manos también están juntas en señal de adoración.
El infante, situado en primer plano, se presenta desnudo, con una expresión de inocencia y tranquilidad. Su cuerpo es robusto y su piel tiene un tono rosado. La luz incide sobre él, resaltando la suavidad de sus formas.
La paleta cromática es rica y contrastada, con predominio del azul, el rojo y el dorado. El uso de estos colores contribuye a crear una atmósfera de solemnidad y espiritualidad. La composición es equilibrada y simétrica, aunque se aprecia cierta asimetría en la disposición de las figuras.
En cuanto a los subtextos, la pintura parece transmitir un mensaje de fe, devoción y protección maternal. El gesto orante de la Virgen María sugiere una súplica o intercesión divina. La presencia de los santos refuerza la idea de la santidad y la veneración. La imagen del niño simboliza la inocencia, la pureza y la esperanza. El paisaje montañoso, aunque difuso, podría interpretarse como un símbolo de la trascendencia y el mundo espiritual. En general, se trata de una obra que invita a la contemplación y a la reflexión sobre temas religiosos fundamentales.