Konstantin Alekseevich Korovin – Ryby2. 1916
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Tras los peces, un grupo de objetos continúa el desarrollo visual: una botella oscura, presumiblemente de vidrio, y un conjunto de vajilla con motivos florales. Estos elementos se encuentran sobre otra plataforma, ligeramente más elevada, contribuyendo a la jerarquía espacial. Al fondo, una acumulación de formas indefinidas, pintadas en tonos verdes y grises, actúa como telón de fondo, aunque su función principal parece ser crear una atmósfera opresiva y limitar el espacio visible.
La paleta cromática es dominada por tonos fríos: azules, verdes y grises, con toques ocasionales de rojo que aportan contraste y vitalidad a la escena. La pincelada es gruesa y visible, evidenciando un interés en la materialidad de la pintura y una búsqueda de expresividad más allá de la mera representación mimética. Las formas no están delineadas con precisión; se difuminan y se integran unas con otras, creando una sensación de inestabilidad y movimiento.
Más allá de la descripción literal de los objetos representados, esta obra parece sugerir una reflexión sobre la abundancia y la decadencia. La presencia de los peces, símbolos tradicionales de fertilidad y prosperidad, contrasta con la atmósfera sombría y el tratamiento desordenado de la composición. Podría interpretarse como una alegoría de la fragilidad de la vida o una crítica implícita a la opulencia material. El uso del color, particularmente la predominancia de tonos fríos, refuerza esta sensación de melancolía y pesimismo. La ausencia de figuras humanas sugiere un distanciamiento emocional y una contemplación introspectiva sobre temas universales como la transitoriedad y el ciclo vital.