Summer Giuseppe Arcimboldo (1526-1593)
Giuseppe Arcimboldo – Summer
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Imagen tomada de otro álbum: es.gallerix.ru/s/2776464080/N/55113371/
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Pintor: Giuseppe Arcimboldo
Ubicación: Louvre (Musée du Louvre), Paris.
Creado en 1573. Materiales: lienzo, óleo. Dimensiones: 76 por 63,5 cm. Expuesto en el Louvre, París, Francia. Otro lienzo similar, pero pintado diez años antes, se encuentra en el Kunsthistorisches Museum de Viena. El artista fue calificado de clásico sólo en el siglo XX, cuando se redescubrió su peculiar obra. Se le recuerda por sus singulares obras alegóricas, en las que se representa a las personas por medio de cosas muy diferentes, desde pájaros o conchas hasta libros y lenguas de fuego.
Descripción del cuadro "Verano" de Giuseppe Arcimboldo
Creado en 1573. Materiales: lienzo, óleo. Dimensiones: 76 por 63,5 cm. Expuesto en el Louvre, París, Francia. Otro lienzo similar, pero pintado diez años antes, se encuentra en el Kunsthistorisches Museum de Viena.
El artista fue calificado de clásico sólo en el siglo XX, cuando se redescubrió su peculiar obra. Se le recuerda por sus singulares obras alegóricas, en las que se representa a las personas por medio de cosas muy diferentes, desde pájaros o conchas hasta libros y lenguas de fuego. Lo que hace que esta obra sea única es que nadie había hecho esto antes de Arcimboldo en el siglo XVI, e incluso se le considera el precursor del surrealismo.
Esta obra simboliza el verano en el ciclo "Estaciones", que consta de cuatro retratos antropomórficos estilísticamente similares. En una composición compleja y sobresaturada, transmiten al espectador la esencia de cada estación. Ésta, en la visión del autor, aparece como una mujer madura con una figura atractiva y una sonrisa misteriosa, visible incluso en una vaina de guisantes abierta. Va vestida con una blusa de paja decorada a lo largo del cuello y las mangas con espigas de trigo maduro; si se mira con atención, se puede distinguir el año de la pintura y el nombre del pintor en ellas.
En lugar de tiernas mejillas de mujer, se representan suaves melocotones rosados, dulces cerezas de frambuesa y uvas en los labios, pepino verde en la nariz, cereza oscura en el ojo, espiga en la ceja... El rostro está montado como un mosaico de lo más insólito, pero el alto peinado contiene aún más. En ella se distinguen claramente la mazorca de maíz, la berenjena, las ciruelas vertidas y las peras dulces, incluso más cerezas y vides, grandes moras, etc. Todos juntos transmiten la alegoría del crecimiento y de la rica cosecha, que tarda tres meses en madurar y se empieza a recoger a finales de agosto.
En el lienzo predominan los tonos cálidos e intensos propios de la época estival, que hacen brillar el perfil de la mujer en medio del relleno negro. Cada fruta está dibujada con gran cuidado y realismo, las sombras y las luces correctamente colocadas crean un fuerte efecto de volumen en la imagen, realzado por el contraste con el fondo oscuro.
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El autor ha dispuesto un conjunto heterogéneo de frutas y bayas: granadas, peras, uvas, melones y otros frutos indeterminados se amontonan creando una sensación de opulencia y generosidad. La paleta cromática es cálida, dominada por tonos ocres, dorados, verdes intensos y los rojos vibrantes de las frutas, que sugieren la madurez y plenitud del verano. La luz, aunque difusa, resalta la textura rugosa de algunas superficies, como el pelaje de una pieza de fruta o la piel de la mano.
La composición es densa y compleja; la falta de un punto focal claro obliga al ojo a vagar por toda la superficie, descubriendo detalles ocultos entre la profusión vegetal. Esta saturación visual podría interpretarse como una metáfora de la abundancia sensorial propia del verano, pero también sugiere una cierta opresión o incluso decadencia. La figura humana, relegada a un segundo plano y parcialmente velada, podría simbolizar la fragilidad o transitoriedad de la belleza y el placer estivales.
El uso de la cortina vegetal no solo sirve para enmarcar la escena, sino que también crea una barrera entre el espectador y lo representado, sugiriendo una experiencia contemplativa más que directa. La presencia de un tulipán solitario en primer plano, con su forma elegante contrastando con la exuberancia del resto de la composición, podría aludir a la fugacidad de la belleza o a la inevitabilidad del cambio estacional. En definitiva, la pintura evoca una reflexión sobre el ciclo vital, la abundancia y la decadencia, todo ello envuelto en la atmósfera sensual y opulenta del verano.