Part 3 Louvre – Valentin de Boulogne -- A Concert
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La iluminación es dramática, característica del tenebrismo, con fuertes contrastes entre zonas iluminadas y áreas sumidas en la penumbra. Esta técnica acentúa las figuras principales, otorgándoles una presencia casi teatral, mientras que el fondo se difumina en la oscuridad, creando una atmósfera de misterio y recogimiento.
Un músico toca un instrumento de cuerda pulsada – posiblemente una viola da gamba o un violonchelo – con evidente concentración. A su lado, otro ejecuta un instrumento similar, aunque más pequeño, quizás un violín. Más allá, se distingue la figura de un hombre tocando un instrumento de viento, presumiblemente una flauta o un oboe, mientras que una mujer joven, sentada a la mesa, parece seguir la melodía con atención. Un niño, situado junto a ella, sostiene una partitura y observa el desarrollo musical. Un quinto personaje, parcialmente visible en la parte superior central del cuadro, canta con los ojos cerrados, absorto en la música.
La disposición de las figuras sugiere un ambiente informal y relajado, más propio de una reunión privada que de una actuación pública. La expresión de los personajes es contenida; no hay gestos exagerados ni miradas directas al espectador. Predomina una sensación de introspección y contemplación.
El tapiz sobre la mesa introduce un elemento decorativo que contrasta con la sencillez de las vestimentas de los músicos, sugiriendo quizás una cierta posición social o un contexto doméstico privilegiado. La luz que incide sobre el rostro de la joven es particularmente significativa; parece iluminar no solo su figura sino también su estado emocional, insinuando una conexión íntima con la música y con quienes la interpretan.
En términos subtextuales, la obra podría interpretarse como una reflexión sobre el poder de la música para evocar emociones y crear un espacio de comunión entre los presentes. La oscuridad que rodea a las figuras sugiere también una cierta clandestinidad o un escape del mundo exterior, un refugio en el arte y la belleza. La presencia del niño con la partitura podría simbolizar la transmisión de conocimientos y tradiciones musicales a la siguiente generación. En definitiva, se trata de una escena que invita a la reflexión sobre la naturaleza efímera de la música y su capacidad para trascender las barreras sociales y temporales.