El Greco – Pentecostés
Ubicación: Prado, Madrid.
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La luz, intensa y difusa a la vez, emana principalmente de esta entidad celestial, creando un halo luminoso que resalta su importancia y enfatiza el carácter sobrenatural del acontecimiento. Los rayos de luz, representados como lenguas de fuego, se posan sobre las cabezas de los presentes, sugiriendo una experiencia mística individualizada dentro de la colectividad.
El artista ha dispuesto a los personajes en una disposición semicircular, con expresiones que van desde la sorpresa y el asombro hasta la devoción y la contemplación. Se percibe un movimiento ascendente generalizado, expresado en las posturas de brazos alzados y cabezas inclinadas hacia arriba, como si estuvieran recibiendo una gracia divina. La figura femenina central, vestida con tonos azules y rojos, destaca por su posición prominente y su gesto de oración humilde.
La paleta cromática es rica y contrastada: los colores cálidos (amarillos, dorados, rojos) se contraponen a los fríos (azules, grises), acentuando la tensión emocional de la escena. El fondo oscuro contribuye a aislar a los personajes y a dirigir la atención del espectador hacia el evento principal.
Subyace en esta representación una profunda carga simbólica. La figura alada podría interpretarse como un símbolo de la divinidad, mientras que las lenguas de fuego representan el don del Espíritu Santo. La diversidad de rostros y edades sugiere la universalidad de la experiencia espiritual, abarcando a todos los creyentes. El gesto de recogimiento individual frente a una fuerza superior apunta a una relación íntima entre lo divino y lo humano. La composición, en su conjunto, transmite un mensaje de esperanza, renovación y transformación espiritual.