López Portaña, Vicente – El pintor Francisco de Goya Part 2 Prado Museum
Part 2 Prado Museum – López Portaña, Vicente -- El pintor Francisco de Goya
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En el siglo XVIII la situación de la pintura española no era fácil. El dominio de los extranjeros se infiltró en el arte de España, en su pintura. Las autoridades, rindiendo pleitesía a la moda y a la ambición política, promovieron a pintores extranjeros a puestos destacados y les dieron clara preferencia. Recibieron los premios más prestigiosos, los críticos escribieron elogios sobre ellos y recibieron los encargos más caros. Se consideró que los pintores españoles se habían agotado.
Descripción del cuadro "Autorretrato" de Francisco de Goya
En el siglo XVIII la situación de la pintura española no era fácil. El dominio de los extranjeros se infiltró en el arte de España, en su pintura.
Las autoridades, rindiendo pleitesía a la moda y a la ambición política, promovieron a pintores extranjeros a puestos destacados y les dieron clara preferencia. Recibieron los premios más prestigiosos, los críticos escribieron elogios sobre ellos y recibieron los encargos más caros.
Se consideró que los pintores españoles se habían agotado. Pero el artista, no absorbido en los hábitos nativos, costumbres, tradiciones, su visión, condenado al fracaso. No era el caso en ese momento.
El culto a las tendencias extranjeras no permitía poner en primer plano a los maestros de la pintura propios y autóctonos. Sin embargo, Goya fue capaz de devolver a todo el arte nacional su antiguo esplendor. Sus cuadros simplemente no podían dejar de ser admirados.
Esto era especialmente cierto en el caso de los retratos. El pintor no era un mero ejecutor de una obra concreta. Su inmenso talento estaba poderosamente apoyado por las cualidades espirituales del propio artista.
Goya no se limitó a transmitir de forma realista el aspecto del modelo, sino que procedió, sobre todo, a partir de los sentimientos que tenía por la persona que retrataba. Por esta razón, Goya estaba lejos de ser imparcial con cada uno de sus retratos.
Para transmitir la individualidad de cada obra, el artista utilizó diferentes técnicas, métodos e incluso cambió la técnica. Se sabe que hay cuadros que Goya pintó utilizando pinceles, esponjas diversas, telas con textura.
Las pinturas podían aplicarse con un cuchillo, la mano, los dedos, incluso una cuchara de madera. Todo en manos del genial artista trabajaba para crear obras maestras únicas.
Su increíble talento, respaldado por su duro trabajo, hizo que el artista fuera considerado un tesoro nacional. Incluso la realeza se vio obligada a reconocer y admirar la obra de Goya.
El pintor encontró la fama y el honor que la sociedad le otorgó. Sin embargo, tuvo que pasar por un severo calvario para llegar allí.
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El hombre viste un abrigo oscuro sobre una camisa blanca con encaje al cuello, lo que sugiere un estatus social elevado o, al menos, una pertenencia a la clase acomodada. La paleta de colores es sobria: predominan los tonos grises y marrones, acentuados por el blanco de la camisa y el brillo sutil de los ojos. Esta limitación cromática contribuye a crear una atmósfera de seriedad y formalidad.
En sus manos sostiene un pincel y una paleta salpicada de pigmentos, elementos que apuntan directamente a su oficio como pintor. La disposición de estos objetos no es casual; el pincel se apoya sobre la paleta, sugiriendo un momento de pausa en el trabajo creativo, una reflexión antes de continuar. La paleta misma, con sus manchas de color, ofrece una ventana al proceso artístico, a la mezcla y combinación que da origen a las imágenes.
El fondo es oscuro y difuso, casi negro, lo que concentra la atención del espectador sobre la figura principal. Se distingue una inscripción tenue en el ángulo inferior izquierdo, presumiblemente una dedicatoria o firma, aunque su legibilidad es limitada.
Más allá de la representación literal, esta pintura parece explorar temas como la vejez, la introspección y la dedicación al arte. La expresión del retratado no es meramente un reflejo de los años transcurridos, sino una manifestación de una vida dedicada a la creación artística, con sus alegrías y frustraciones inherentes. La severidad en su rostro podría interpretarse como el peso de la experiencia, o quizás, como la concentración necesaria para dominar una disciplina exigente. La composición, con su simplicidad y sobriedad, refuerza esta impresión de profundidad psicológica y compromiso artístico.