Henri Julien Felix Rousseau – Rousseau (101)
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Se observa una variedad considerable de especies frutales: plátanos con su piel amarillenta, aguacates de un verde intenso, peras de tonalidades similares, uvas en racimos, mangos, y frutas exóticas como el rambután y lo que parece ser una fruta de la pasión. La papaya, cortada por la mitad, revela su pulpa anaranjada, añadiendo una nota de sensualidad a la composición.
La técnica pictórica es notablemente plana; no se aprecia un modelado volumétrico pronunciado en las frutas, sino más bien una representación bidimensional que enfatiza sus colores y formas. Las hojas que acompañan a algunas de las frutas están tratadas con una atención similar al detalle, aunque su función principal parece ser la de realzar la opulencia general del conjunto.
Más allá de la mera descripción botánica, esta pintura sugiere una reflexión sobre la riqueza y el exotismo. La abundancia de frutas evoca ideas de prosperidad y fertilidad, mientras que la selección de especies tropicales introduce un elemento de distancia cultural, transportando al espectador a un lugar lejano y desconocido. El fondo oscuro actúa como un telón de fondo neutro que intensifica los colores vibrantes de las frutas, creando una atmósfera casi onírica.
Podría interpretarse también como una alegoría sobre la naturaleza efímera de la belleza y el placer. La fruta, símbolo de plenitud y deleite sensorial, está destinada a marchitarse y descomponerse con el tiempo, recordándonos la transitoriedad de las cosas. El artista parece invitar al espectador a contemplar esta abundancia con una mezcla de asombro y melancolía.