Karl Aspelin – The Doctor Calls
Ubicación: National Museum (Nationalmuseum), Stockholm.
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Al primer plano, un hombre, con barba espesa y ataviado con un abrigo de piel, se encuentra sentado frente a una mesa tosca. Su postura sugiere concentración mientras escribe con pluma sobre un trozo de papel. A su lado, una mujer, envuelta en un chaleco de cuadros y cubriendo su cabello con un pañuelo, observa la escena con una expresión que oscila entre la preocupación y la resignación. Su mirada es intensa, dirigida hacia el hombre, pero parece perdida en sus propios pensamientos.
Un niño pequeño, sentado sobre una caja o banco, se dedica a leer un libro, ajeno a la atmósfera tensa que lo rodea. Su presencia introduce un elemento de inocencia y esperanza en medio del ambiente sombrío. En el fondo, otro hombre, posiblemente el padre del niño, está sentado en una silla, con la cabeza gacha, como absorto en sus propios pensamientos o quizás afectado por la situación que se desarrolla.
La disposición de los objetos refuerza la sensación de pobreza y austeridad: un reloj de pared sencillo, imágenes colgadas en la pared (una parece representar un paisaje marino), un perchero con abrigos colgando, todo contribuye a crear una atmósfera de realismo social. La botella de vidrio sobre la mesa, presumiblemente conteniendo algún medicamento o remedio casero, insinúa una enfermedad o dolencia que afecta a alguno de los presentes.
La pintura transmite una sensación de angustia silenciosa y desesperación contenida. El acto de escribir la carta sugiere una súplica por ayuda, quizás médica, lo cual explica el título implícito de la obra. La mujer parece ser la encargada de gestionar esta situación, asumiendo un papel de mediadora entre el hombre que escribe y el mundo exterior. El niño, con su lectura despreocupada, simboliza la fragilidad de la infancia frente a las dificultades del adulto.
En definitiva, aquí se presenta una escena cotidiana, pero cargada de significado social y emocional, donde la pobreza, la enfermedad y la desesperación se entrelazan en un retrato conmovedor de la vida rural. La maestría del artista reside en su capacidad para evocar estas emociones a través de la sutil disposición de los personajes y objetos, creando una atmósfera de realismo palpable.