Henry Walton – The Market Girl
Ubicación: Yale Center for British Art, Paul Mellon Collection, New Haven.
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La muchacha, vestida con ropas sencillas pero bien cuidadas –un abrigo verde oliva sobre un vestido blanco con detalles rayados– parece absorta en sus pensamientos. Su mirada se dirige hacia la distancia, más allá del paisaje que se extiende ante ella. No hay una expresión de alegría exuberante ni de tristeza marcada; su rostro denota una quietud contemplativa, casi melancólica. Las manos están apoyadas sobre las rodillas, adoptando una postura relajada pero atenta.
La cesta, repleta de frutas y posiblemente otros productos del mercado, es un elemento clave en la narrativa visual. Sugiere el trabajo y la responsabilidad que recaen sobre esta joven, aunque no se muestra como una carga opresiva. Más bien, parece parte integral de su vida cotidiana. La disposición de los frutos, con algunas piezas sobresaliendo del recipiente, aporta una sensación de abundancia y vitalidad.
El paisaje al fondo es deliberadamente difuso. Se distingue la silueta de una iglesia o campanario que se eleva sobre un horizonte ondulado. El cielo, pintado con tonos pastel, sugiere el crepúsculo o el amanecer, momentos de transición y reflexión. La vegetación circundante –árboles y arbustos– enmarca a la joven, creando una barrera entre ella y el mundo exterior, pero también sugiriendo su conexión con la naturaleza.
La iluminación es suave y uniforme, sin contrastes dramáticos. Esto contribuye a crear una atmósfera serena y pastoral. La técnica pictórica parece buscar la naturalidad y la verosimilitud, aunque con un cierto idealismo en la representación de la figura femenina.
Subtextualmente, la obra podría interpretarse como una reflexión sobre la vida rural, el trabajo infantil y la inocencia perdida. La mirada distante de la joven sugiere una conciencia incipiente del mundo que la rodea, una transición entre la infancia despreocupada y las responsabilidades adultas. El entorno bucólico contrasta con la posible dureza de su existencia, insinuando una cierta nostalgia por un pasado idealizado o una anticipación de un futuro incierto. La composición circular refuerza esta sensación de introspección y aislamiento, invitando al espectador a compartir el momento de contemplación de la joven.