Konstantin Alekseevich Korovin – Arkhangelsk. 1897
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El plano principal está ocupado por una multitud de embarcaciones, principalmente barcos de vela, amarradas o a la deriva en aguas turbias. Sus mástiles se alzan como líneas verticales quebradizas contra el cielo opaco, contribuyendo a una sensación de desolación y quietud. La perspectiva es poco convencional; los barcos parecen flotar en un espacio indefinido, sin una clara relación entre ellos o con la orilla que se intuye en la parte inferior del cuadro.
La paleta cromática es restringida: predominan los tonos terrosos, grises, ocres y marrones, con toques ocasionales de blanco sucio que sugieren reflejos de luz sobre el agua. La pincelada es suelta y expresiva, casi impresionista en su manera de capturar la atmósfera y la textura del entorno. Se aprecia una cierta crudeza en la ejecución, como si el artista hubiera buscado plasmar la impresión fugaz de un momento particular, más que crear una representación detallada y precisa.
Más allá de la descripción literal de una escena portuaria, esta pintura parece sugerir subtextos relacionados con la transitoriedad, la soledad y la inmensidad del paisaje. La ausencia de figuras humanas acentúa la sensación de abandono y aislamiento. Los barcos, símbolos tradicionales de viaje y aventura, aquí se presentan como objetos inertes, atrapados en un limbo entre el mar y el cielo. La atmósfera brumosa podría interpretarse como una metáfora de la incertidumbre o la confusión, mientras que los tonos apagados evocan una sensación de tristeza contenida. En definitiva, la obra transmite una profunda reflexión sobre la condición humana frente a la vastedad e impersonalidad de la naturaleza.