Konstantin Alekseevich Korovin – Rue de Paris in Vichy
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La iluminación es un elemento crucial. Predominan los tonos cálidos – amarillos, ocres y dorados – que emanan de las ventanas y reflejan en el pavimento mojado, creando una atmósfera vibrante y ligeramente misteriosa. La luz no es uniforme; se concentra en ciertos puntos, dejando otras áreas sumidas en la penumbra, lo cual acentúa la sensación de profundidad y realza el contraste entre zonas iluminadas y sombras.
En primer plano, un automóvil antiguo se encuentra parcialmente visible, indicando una época específica y sugiriendo modernidad incipiente. A lo largo del camino, figuras humanas se distinguen con dificultad, esbozadas con pinceladas rápidas y expresivas. No son retratos individuales; más bien, representan la presencia de la vida cotidiana en el espacio público. Se perciben parejas paseando, individuos solitarios y grupos pequeños, todos envueltos en la atmósfera nocturna.
La técnica pictórica es notable por su libertad y espontaneidad. Las pinceladas son visibles y dinámicas, contribuyendo a una sensación de inmediatez y movimiento. La forma en que se manejan los colores sugiere un interés por capturar no solo la apariencia visual de la escena, sino también sus vibraciones lumínicas y emocionales.
Subtextualmente, la obra podría interpretarse como una reflexión sobre el progreso urbano y la vida moderna. El contraste entre la solidez de los edificios y la fugacidad de las figuras humanas evoca una sensación de transitoriedad inherente a la experiencia urbana. La iluminación artificial, símbolo del avance tecnológico, también puede sugerir una cierta alienación o pérdida de conexión con la naturaleza. La escena, aunque aparentemente banal, encierra una melancolía sutil, un anhelo por algo indefinible que se esconde tras el brillo superficial de la ciudad. El camino que se extiende hacia el horizonte invita a la contemplación y a la reflexión sobre el destino individual en el contexto del devenir histórico.