Stream. End 1890 Konstantin Alekseevich Korovin (1861-1939)
Konstantin Alekseevich Korovin – Stream. End 1890
Editar atribución
Descargar a tamaño completo: 1000×808 px (0,2 Mb)
Pintor: Konstantin Alekseevich Korovin
Konstantin Alekseevich Korovin siempre amó la naturaleza rusa y la pintó muy a menudo. Veía la belleza incluso en los detalles más pequeños. El artista ensalzaba la perfección natural y se esforzaba por transmitir su aspecto prístino. Sus cuadros transmiten la verdadera belleza de la tierra rusa. En 1898, Konstantin Alekseevich pintó El arroyo. Los colores, que recuerdan claramente a la obra de Polenov, no se representan mediante puntos brillantes.
Descripción del cuadro El arroyo de Konstantin Korovin
Konstantin Alekseevich Korovin siempre amó la naturaleza rusa y la pintó muy a menudo. Veía la belleza incluso en los detalles más pequeños. El artista ensalzaba la perfección natural y se esforzaba por transmitir su aspecto prístino. Sus cuadros transmiten la verdadera belleza de la tierra rusa.
En 1898, Konstantin Alekseevich pintó El arroyo. Los colores, que recuerdan claramente a la obra de Polenov, no se representan mediante puntos brillantes. Todos los tonos son apagados, con colinas y árboles achaparrados de fondo. El arroyo es tranquilo y en su superficie crecen encantadores nenúfares.
La superficie refleja el cielo, dando vida a la escena. El sonido del agua tranquila parece ser audible. La vegetación verde también se puede ver en el reflejo.
El puente de madera está agrietado en algunas partes, pero eso no estropea la impresión general. Por el contrario, la realidad es impactante y hace que uno pase largos minutos rebobinando mientras pisa esta vieja pero robusta estructura.
El paisaje está pintado en vísperas del atardecer; el sol aún no se ha puesto, pero se perciben las sombras propias de las horas nocturnas. El artista es como un verdadero poeta que logró transmitir con su pincel toda la coherencia y la rima del entorno natural.
Es imposible no amar este cuadro.
En cada pequeño pueblo hay un pequeño arroyo con un puente de madera. La gente pasa por encima todos los días, pero sólo unos pocos pueden ver esta auténtica belleza. Korovin K. A. fue capaz de ver cada línea perfecta. Se limitó a pintar sobre lo que la propia naturaleza había dibujado tan hábilmente. Todos los tonos y colores están armonizados. Nada irrita el ojo humano.
No todos los propietarios de un pincel podrían pintar un lienzo así. Todos los paisajes de este artista están llenos de calidez y comodidad. El autor transmite una belleza real sin pintar nada en exceso. La naturaleza es la mejor artista y es de ella de quien debes aprender a mezclar colores y dar tu alma.
Кому понравилось
Пожалуйста, подождите
На эту операцию может потребоваться несколько секунд.
Информация появится в новом окне,
если открытие новых окон не запрещено в настройках вашего браузера.
Necesitas iniciar sesión
Для работы с коллекциями – пожалуйста, войдите в аккаунт (abrir en nueva ventana).



















No se puede comentar Por qué?
La paleta cromática es terrosa y apagada, con predominio de tonos ocres, marrones y verdes oscuros que sugieren una atmósfera melancólica o introspectiva. El uso de pinceladas sueltas y empastadas contribuye a la sensación de inmediatez y espontaneidad, capturando la textura del barro, la rugosidad de los árboles y el movimiento sutil del agua. La luz es difusa y uniforme, sin puntos focales definidos, lo que acentúa la impresión de quietud y contemplación.
Más allá de una simple representación de un paisaje rural, esta pintura parece explorar temas relacionados con la transitoriedad, la naturaleza cíclica de la vida y la conexión entre el hombre y su entorno. El arroyo, símbolo de flujo constante y renovación, contrasta con la solidez aparente del poste y los árboles, sugiriendo una tensión inherente a la existencia. La presencia de nubes oscuras en el cielo podría interpretarse como un presagio de cambio o incertidumbre, pero también como parte integral de la belleza natural.
El autor parece buscar no tanto la fidelidad fotográfica sino la evocación de una atmósfera particular, una sensación de quietud y melancolía que invita a la reflexión sobre la fragilidad de la existencia y la inmensidad del mundo natural. La ausencia de figuras humanas refuerza esta impresión de aislamiento y contemplación, invitando al espectador a sumergirse en el silencio y la serenidad del paisaje. Se intuye una cierta nostalgia por un pasado rural idealizado, o quizás una aceptación resignada de la inevitabilidad del cambio.