Louvre – FOUQUET JEAN - Self-portrait
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La paleta de colores se limita a tonos terrosos, ocres y grises, con una marcada ausencia de color vibrante. Esta elección cromática contribuye a crear una atmósfera austera y solemne, reforzando la impresión de introspección y seriedad que emana el retratado. La luz incide sobre el rostro desde un punto no especificado, modelando las facciones con cierta crudeza; se notan arrugas alrededor de los ojos y la boca, así como una textura rugosa en la piel, lo cual sugiere una edad madura o incluso una vida marcada por las dificultades.
El autor ha prestado especial atención a la expresión del rostro. La mirada es directa e intensa, aunque carece de calidez; transmite una sensación de melancolía y quizás un cierto desencanto. Los labios están ligeramente apretados, como si contuvieran una reflexión profunda o un secreto.
En el fondo oscuro que rodea al retrato, se aprecian inscripciones cursivas dispuestas en volutas ornamentales. Estas palabras, aunque parcialmente legibles, parecen ser nombres propios, posiblemente los del artista y de alguien significativo para él. La inclusión de estas referencias onomásticas sugiere una intención de preservar la memoria o de establecer una conexión personal con el retrato.
La forma circular del soporte es significativa. Evoca las medallas antiguas, los retratos romanos en relieve, y por extensión, alude a la idea de un legado duradero y a la búsqueda de inmortalidad a través del arte. El círculo también puede interpretarse como símbolo de totalidad, perfección o eternidad, conceptos que podrían estar relacionados con la propia identidad del artista y su visión del mundo.
En general, el retrato transmite una sensación de introspección, melancolía y una profunda reflexión sobre la existencia humana. La técnica utilizada, la paleta de colores limitada y la expresión facial del retratado contribuyen a crear una atmósfera austera y solemne que invita al espectador a contemplar la complejidad de la condición humana.