Mauritshuis – Raphael (after) - Madonna
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La mujer está representada de perfil, ligeramente girada hacia el espectador, lo que permite apreciar su rostro con una expresión melancólica y contemplativa. Sus ojos están bajos, como absorta en sus pensamientos o dirigidos hacia algo invisible para nosotros. La boca, sutilmente curvada, sugiere una mezcla de tristeza y resignación.
El atuendo es sencillo pero elegante: un manto rojo que cubre sus hombros y una túnica blanca que se pliega con gracia alrededor del cuello. Una fina banda blanca adorna su frente, posiblemente simbolizando pureza o virtud. La paleta cromática es limitada, dominada por los tonos cálidos del rojo y el blanco, contrastados con la oscuridad del fondo.
El uso de la luz no solo sirve para resaltar las facciones de la mujer, sino también para crear una atmósfera de recogimiento y devoción. El óvalo que enmarca la figura refuerza esta sensación de aislamiento y sacralidad, como si se tratara de un icono venerado.
Subtextualmente, la pintura evoca sentimientos de piedad, compasión y espiritualidad. La expresión de la mujer sugiere una profunda conexión con lo divino, así como una aceptación serena del sufrimiento. El contraste entre la luz y la sombra puede interpretarse como una representación simbólica de la lucha entre el bien y el mal, o entre la vida y la muerte. En general, la obra transmite un mensaje de esperanza y consuelo a través de la belleza y la serenidad de su protagonista.