Konstantin Andreevich Somov – Night date. 1920s
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La paleta cromática es dominada por tonos fríos – azules, verdes oscuros y grises –, acentuados por el brillo pálido de la luna que se asoma entre las ramas de los árboles. Estos árboles, con su follaje denso y colgante, enmarcan la escena, contribuyendo a una sensación de intimidad y secreto. La pared que soporta estos árboles refuerza esta impresión de encierro, aunque también sugiere un espacio privado, reservado para este encuentro.
La figura femenina, sentada de espaldas al espectador, es casi una sombra, desprovista de detalles identificatorios. Esta ausencia de rasgos personales la convierte en un arquetipo: la mujer que espera, la amada ausente, el objeto del deseo. Su postura, ligeramente inclinada hacia adelante, denota una mezcla de expectación y quizás, cierta resignación.
La figura masculina, a su vez, se presenta como un contorno borroso, avanzando con paso ligero. Lleva lo que parece ser un abrigo o capa, y en su mano sostiene algo envuelto, cuyo contenido permanece oculto al observador. Esta ambigüedad alimenta la intriga: ¿es un regalo? ¿Una carta? La incertidumbre sobre su propósito intensifica el carácter misterioso de la escena.
El portón, con su diseño elaborado, simboliza una barrera entre dos mundos, entre lo público y lo privado, entre la libertad y la restricción. La luz lunar que ilumina parcialmente la escena crea un juego de luces y sombras que acentúa la atmósfera onírica y sugerente.
Subtextualmente, la pintura parece explorar temas como el amor secreto, la espera, la nostalgia y la dualidad entre la apariencia y la realidad. La ausencia de una narrativa explícita invita a la interpretación personal, permitiendo al espectador completar los vacíos con sus propias emociones y experiencias. El encuentro no se muestra directamente; solo se insinúa, dejando espacio para la imaginación y el deseo. Se intuye un relato fragmentado, un momento fugaz en el tiempo, cargado de significado implícito.