Ivan Konstantinovich Aivazovsky – Mkhitarian on the island of St. Lazarus. Venice 1843 68h100
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La luz del ocaso impregna el cielo con tonalidades cálidas, desde el naranja intenso cerca del horizonte hasta los azules pálidos que se extienden hacia la parte superior del lienzo. Esta gradación cromática contribuye a crear un ambiente de introspección y recogimiento. El agua, tranquila y reflectante, duplica las tonalidades del cielo, intensificando la sensación de calma y aislamiento.
Las figuras humanas son el foco principal de la obra. Se les presenta en actitudes contemplativas: uno de pie, con la mirada fija hacia el horizonte; otro sentado sobre la muralla, aparentemente absorto en sus pensamientos; un tercero inclinado hacia adelante, como si estuviera escuchando o conversando con alguien. La presencia de una figura infantil, aferrada a las ropas del hombre de pie, añade una nota de vulnerabilidad y fragilidad al conjunto.
El autor ha empleado una técnica pictórica que favorece la suavidad de los contornos y la dilución de las formas, lo que contribuye a crear una atmósfera onírica y etérea. La ausencia de detalles anecdóticos o narrativos sugiere que el interés principal reside en la exploración del estado anímico de los personajes y en la evocación de un sentimiento de nostalgia por un pasado perdido.
Subyace en esta pintura una reflexión sobre la identidad, el exilio y la pertenencia. La ubicación geográfica –una isla, lugar liminal entre continentes– podría simbolizar la condición de desarraigo y la búsqueda de un hogar. Los hábitos religiosos sugieren una conexión con una tradición espiritual que trasciende las fronteras nacionales y culturales. El atardecer, como símbolo del fin de un ciclo, evoca la reflexión sobre el paso del tiempo y la inevitabilidad de la pérdida. La ciudad lejana, visible pero inalcanzable, podría representar un anhelo por un lugar idealizado o una patria perdida. En definitiva, se trata de una obra que invita a la contemplación silenciosa y a la introspección personal.