Feofan Grek (c.1340 - c.1410) -- Saints Boris and Gleb with life
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Alrededor de estas figuras principales se despliega un complejo sistema de escenas narrativas, dispuestas en cuatro registros horizontales que ilustran episodios de sus vidas. Estas miniaturas, ejecutadas con una precisión detallada y una paleta cromática restringida, relatan eventos clave, desde su infancia hasta su martirio. Se observa la representación de cortejos reales, batallas, funerales y visiones divinas, todos narrados con un estilo formal y poco expresivo en cuanto a las emociones individuales.
La iconografía es rica en simbolismo. El fondo dorado no solo enfatiza la santidad de los personajes, sino que también alude al reino celestial. Los colores utilizados – el verde asociado a la esperanza y la vida, el bermellón vinculado al sacrificio y la pasión – refuerzan la narrativa religiosa subyacente. La repetición de ciertos elementos, como las figuras con vestimentas rojas o los caballos en las escenas de batalla, contribuye a una sensación de continuidad y orden dentro del conjunto.
Más allá de la mera narración biográfica, esta pintura parece tener como objetivo principal la hagiografía, es decir, la exaltación de la virtud y el martirio de estos personajes para inspirar devoción y emulación en los fieles. La disposición de las escenas, con su énfasis en el sufrimiento y la eventual recompensa celestial, sugiere una lección moral sobre la importancia de la fe y la perseverancia ante la adversidad. La ausencia casi total de individualización en los rostros de los personajes secundarios contribuye a un efecto de universalidad; no son individuos concretos sino arquetipos que representan la fidelidad a la fe.
La técnica pictórica, con su uso del temple sobre tabla y su aplicación meticulosa de las capas de pintura, revela una maestría artesanal y una preocupación por la precisión iconográfica. El estilo, aunque estilizado y formal, denota un profundo conocimiento de las convenciones artísticas de la época, así como una intención didáctica clara. La composición, a pesar de su complejidad, se mantiene equilibrada y armoniosa, invitando a la contemplación silenciosa y a la reflexión espiritual.