Juana de Arco:
Mitos y realidades
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La historia de la Guerra de los Cien Años conoce a numerosos líderes militares, pero la figura de Juana de Arco destaca por su singularidad, generando debate entre historiadores, teólogos y médicos durante seis siglos. La Doncella de Orleans, quemada en la hoguera por la Inquisición en 1431 y canonizada en 1920, sigue siendo un tema complejo para un análisis imparcial. El registro documental de su vida es único: se han conservado las actas de dos juicios — el de la acusación (1431) y el de la rehabilitación (1456) — , lo que nos permite reconstruir los detalles de su biografía con una precisión inalcanzable para la mayoría de los monarcas medievales. Sin embargo, la superposición de leyendas, propaganda política y exaltación religiosa exige una separación precisa entre realidad y ficción.
Orígenes sociales: el mito de la pastora
La imagen de Juana, arraigada en el imaginario popular, como una pastora sin dinero, repentinamente llamada por Dios de su rebaño de ovejas, es una construcción romántica posterior. Un análisis de los registros fiscales y los testimonios de los residentes de Domrémy presenta una imagen diferente. El padre de Juana, Jacques d’Arc, pertenecía a la clase campesina adinerada. En la jerarquía medieval lorena, existía una clara distinción entre el "manouvrier" (un peón agrícola que trabajaba con sus manos) y el "laboureur" (un labrador que poseía tierras y animales de tiro). La familia d’Arc pertenecía a esta última categoría.
Jacques d’Arc poseía aproximadamente 20 hectáreas de tierra, bosques y un importante rebaño de ganado. Además, ostentaba el cargo electo de decano, un alcalde local responsable de recaudar impuestos y organizar la guardia nocturna. La propia Juana, en su juicio en Ruán, negó categóricamente las acusaciones de pastoreo de ganado, afirmando que se dedicaba a las tareas domésticas y al hilado de lana, en las que «habría sido igual a cualquier mujer de Ruán». El mito de la pastora surgió en parte de una interpretación errónea de textos medievales y en parte como una alusión bíblica al rey David.
Domrémy no era un pueblo aislado. Situado en la frontera entre Champaña y Lorena, formaba parte del llamado "Barrois mouvant", parte del Ducado de Bar, vasallo de la corona francesa. Los residentes conocían bien la situación política. Destacamentos militares pasaban por el pueblo, y la propia familia d’Arc se vio obligada en una ocasión a huir a la vecina ciudad de Neufchâteau para escapar de los invasores borgoñones. Jeanne creció en un ambiente de constante ansiedad militar, lo que moldeó su percepción del conflicto no como una disputa dinástica, sino como una amenaza existencial para el país.
El fenómeno de las voces: psiquiatría y teología
El misterio central de la personalidad de Juana reside en las "voces" (les voix), que comenzó a oír a los 13 años (alrededor de 1425). Según su testimonio, el arcángel Miguel se le apareció primero, y posteriormente se le unieron santas Catalina de Alejandría y Margarita de Antioquía. Los historiadores médicos han propuesto numerosas hipótesis para intentar explicar este fenómeno desde una perspectiva materialista. La teoría más desarrollada es la de la epilepsia parcial idiopática con fenómenos auditivos.
Los defensores de la teoría epiléptica señalan que las visiones a menudo se desencadenaban por el repique de las campanas de la iglesia, un sonido característico de ciertas formas de epilepsia del lóbulo temporal. Las alucinaciones de Juana eran multisensoriales (veía luces, oía voces y sentía el tacto), lo que también encaja con el cuadro clínico. Otra hipótesis sugiere un tuberculoma (una lesión calcificada de la tuberculosis) en el cerebro, ya que la tuberculosis bovina era común en la Francia rural del siglo XV. Sin embargo, ninguna teoría médica explica el alto nivel de funcionalidad de Juana: las personas con psicopatologías graves rara vez son capaces de planificar campañas militares complejas y mantener debates teológicos de horas con inquisidores.
La propia Juana describió las voces como un imperativo externo que solo al principio la abrumaba. Más tarde, aprendió a interactuar con ellas, a veces incluso discutiendo. El contenido de los mensajes evolucionó de exhortaciones a "ser una buena chica" a un programa político específico: levantar el asedio de Orleans, coronar al Delfín Carlos en Reims y expulsar a los ingleses. Es importante destacar que Juana se resistió durante mucho tiempo a su misión, considerándola imposible para una campesina. Esto contradice el comportamiento típico de los fanáticos religiosos con ansias de acción.
El camino a Chinon: género y política
La decisión de Juana de vestir ropa de hombre antes de su viaje a Chinon tuvo una lógica pragmática, que posteriormente la llevó a acusaciones de herejía. El viaje de aproximadamente 450 kilómetros atravesaba territorio controlado por Borgoña. Una mujer que viajaba sola o con soldados corría un enorme riesgo de violencia. La ropa de hombre — jubón, calzas y cabello corto — le servía de camuflaje protector. El comandante de los Vaucouleurs, Robert de Baudricourt, le concedió una escolta solo tras convencerse de su insistencia y, quizás, tras recibir la aprobación tácita de la corte del Delfín.
El encuentro con Carlos VII en Chinon está rodeado de mitos sobre el reconocimiento milagroso del rey entre una multitud de cortesanos. La realidad era más compleja: Carlos probablemente conocía la llegada de la "doncella de Lorena" y organizó una prueba para descartar la posibilidad de asesinato o locura. Juana logró convencer al rey de su legitimidad al revelarle cierto "secreto" (le secret du Roi), cuyo contenido permaneció en secreto. Los historiadores modernos creen que esto se debía a las dudas de Carlos sobre su propia legitimidad: su madre, Isabel de Baviera, tenía fama de liberal, y los rumores afirmaban que Carlos era ilegítimo. Juana, probablemente "en nombre de Dios", confirmó su derecho al trono.
El camino a Poitiers: un examen teológico
Antes de confiarle el ejército a Juana, Carlos VII la envió a Poitiers para un examen exhaustivo. Teólogos y abogados reales pasaron tres semanas examinándola por herejía, posesión demoníaca y, sobre todo, virginidad. En la demonología medieval, se creía que el diablo no podía pactar con una virgen. El examen fue realizado por matronas nobles bajo la dirección de la reina Yolanda de Aragón.
El veredicto de la comisión de Poitiers se convirtió en el fundamento legal de su labor: encontraron en Juana «solo bondad, humildad, virginidad, piedad, honestidad y sencillez». Los teólogos recomendaron que el rey la utilizara, ya que rechazar la ayuda divina equivaldría a rechazar el don del Espíritu Santo. Esta decisión legitimó su estatus y creó una posición única dentro del ejército: no una comandante en el sentido literal, sino una «jefa de guerra» con poderes sagrados.
Tácticas militares: Estandarte y artillería
El papel militar de Juana de Arco se reduce a menudo al de un "talismán", pero las crónicas dan fe de su activa participación en la planificación táctica. Su enfoque bélico fue revolucionario para la época. El ejército francés, desmoralizado por las derrotas en Crécy, Poitiers y Agincourt, se aferró a tácticas pasivas y defensivas. Juana, sin embargo, insistió en asaltos frontales y agresivos. Durante el asedio de Orleans, exigió un asalto inmediato a las fortificaciones inglesas (bastillas), a pesar de la cautela del conde Dunois y otros capitanes.
Juana poseía un inexplicable sentido de la artillería. El duque de Alençon testificó que colocaba los cañones con tanta maestría como si hubiera dedicado su vida a campañas militares. En la batalla de Patay, el 18 de junio de 1429, insistió en una persecución inmediata de los ingleses en retirada, declarando: "¡Tenéis espuelas, úsenlas!". Esto resultó en la derrota de los arqueros ingleses antes incluso de que pudieran construir fortificaciones defensivas con estacas: la primera vez que la táctica del arco largo fracasó.
Al mismo tiempo, la propia Juana siempre enfatizó su preferencia por el estandarte sobre la espada. Consideraba el estandarte blanco con la imagen de Cristo y lirios como un símbolo de la unificación nacional. Durante las batallas, estaba en el centro de la contienda, levantando la moral, pero, según su propio testimonio en el juicio, «nunca mató a nadie». Fue herida por una flecha en el hombro cerca de Orleans y por una virote de ballesta en el muslo cerca de París, pero en cada ocasión regresó a las filas, lo que los soldados consideraron un milagro.
El proceso de Rouen: una trampa legal
La captura de Juana cerca de Compiègne el 23 de mayo de 1430 por los borgoñones y su posterior venta a los ingleses por 10.000 libras desencadenó un juicio político. El tribunal de Ruán, presidido por el obispo Pierre Cauchon, pretendía no solo ejecutar a Juana, sino también desacreditar a Carlos VII. Si la coronación en Reims se hubiera llevado a cabo con la ayuda de una bruja, la legitimidad del rey habría estado en peligro.
El juicio estuvo plagado de violaciones procesales. Juana no contó con abogado. Fue recluida en una prisión secular bajo la custodia de soldados ingleses, aunque, como acusada en un caso eclesiástico, debería haber estado recluida en una prisión eclesiástica bajo la supervisión de mujeres. Los cargos se basaban en 70 artículos, posteriormente reducidos a 12. El punto principal era vestir ropa de hombre, lo cual se interpretaba como "abominación al Señor" (según el Deuteronomio) y una señal de rechazo a la naturaleza femenina otorgada por Dios.
Juana demostró una fortaleza e ingenio extraordinarios. A la traicionera pregunta: "¿Está usted en gracia de Dios?" (una trampa: "sí" es orgullo, "no" es admisión de culpa), respondió: "Si no lo estoy, que Dios me guíe; si lo estoy, que Dios me guarde". Esta respuesta asombró a los jueces y pasó a la historia del derecho.
Abdicación y ejecución
La tragedia culminó en un suceso en el cementerio de Saint-Ouen el 24 de mayo de 1431. Agotada por su largo encarcelamiento y la amenaza de una ejecución inmediata, Juana firmó la abdicación. Le prometieron un traslado a una prisión eclesiástica, pero fue devuelta a los ingleses. En su celda, es probable que le confiscaran la ropa de mujer (o que se pusiera ropa de hombre para protegerse de los guardias). Pierre Cauchon registró una «recaída». Volver al «pecado» de vestir ropa de hombre se convirtió en motivo formal de la pena de muerte.
El 30 de mayo de 1431, Juana fue quemada en la hoguera en la plaza del Mercado Viejo de Ruan. El verdugo recibió la orden de reducir su cuerpo a cenizas para que no quedaran reliquias. Las cenizas fueron arrojadas al Sena. Los ingleses intentaron destruir no solo su cuerpo físico, sino también su memoria, pero el efecto fue contraproducente. Su martirio consolidó su estatus de santa popular mucho antes de su reconocimiento oficial por la Iglesia.
Rehabilitación y memoria histórica
Ya en 1450, inmediatamente después de la liberación de Normandía, Carlos VII inició un nuevo juicio. El proceso de rehabilitación (1455-1456), dirigido por el inquisidor Jean Bréhal, recabó el testimonio de 115 testigos. El tribunal declaró nulo el juicio de 1431, señalando que había estado motivado por el «odio al rey de Francia» y que las confesiones se habían obtenido mediante miedo y engaño. Juana fue absuelta.
El fenómeno de Juana de Arco trasciende la historia medieval. Se convirtió en un símbolo de la identidad nacional francesa. Su imagen ha evolucionado a lo largo de los siglos: para los monárquicos, era la salvadora del trono; para los republicanos, una hija del pueblo traicionada por la aristocracia; para los católicos, una santa mártir. En realidad, Juana de Arco fue una persona viva, que combinaba una profunda fe personal, un pragmatismo campesino y una voluntad férrea, y que se encontró en el epicentro de un brutal conflicto entre dos civilizaciones.
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