El desarrollo del cine musical:
de las canciones de amor a los musicales de Hollywood
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La historia del cine musical es una crónica de convergencia tecnológica y artística que comienza mucho antes de la llegada oficial del cine sonoro en 1927. Este género evolucionó desde los experimentos primitivos de sincronización de un fonógrafo con un proyector hasta las complejas producciones de la Edad de Oro de Hollywood, convirtiéndose en la base para la formación de un lenguaje cinematográfico único.
Orígenes tecnológicos y el fenómeno de las fonoescenas
Contrariamente a la creencia popular, la música de cine no surgió repentinamente con el estreno de El Cantante de Jazz. Incluso en los inicios del cine, los inventores buscaban combinar imágenes en movimiento y sonido. Ya en 1900, se inauguró en la Feria Mundial de París la atracción Phono-Cinéma-Théâtre , que presentaba cortometrajes con estrellas de teatro sincronizadas con cilindros de cera. Estos primeros experimentos fueron, en esencia, los prototipos de los vídeos musicales modernos.
El trabajo de Alice Guy-Blaché para el estudio Gaumont ocupa un lugar especial en este período. Utilizando el sistema Chronophone, creó cientos de las llamadas "fonoescenas". Estos cortometrajes eran visualizaciones de canciones populares, arias o números de vodevil. Los actores cantaban con una banda sonora pregrabada, lo que permitía una sincronización aceptable. Películas como " La Chanson d’amour" y escenas de la ópera "Fausto" establecieron el principio fundamental del musical: la primacía de la interpretación musical sobre la narrativa.
Sin embargo, estos experimentos siguieron siendo curiosidades técnicas. El principal problema residía en la falta de una amplificación de sonido fiable. Las bocinas acústicas de la época no producían el volumen suficiente para grandes auditorios, lo que limitaba la distribución de "películas musicales" a las casetas de feria y a los pequeños salones. El cine continuó desarrollándose como el "gran cine mudo", alcanzando la cúspide de la expresión visual a mediados de la década de 1920.
Vitaphone y el fin de la era del cine mudo
El éxito comercial se produjo gracias a la persistencia de Warner Bros. y a la tecnología Vitaphone, desarrollada por Western Electric. A diferencia de los intentos de grabar sonido directamente en película, Vitaphone sincronizaba mecánicamente el proyector con discos de 16 pulgadas que giraban a 33 1/3 rpm. Esto garantizaba un sonido de alta calidad inalcanzable con los métodos ópticos de la época.
El Cantante de Jazz (1927) marcó un antes y un después, aunque técnicamente no era una película hablada. Era mayoritariamente muda con intertítulos, pero los números musicales de Al Jolson y su famosa frase "¡Todavía no has oído nada!" fueron un éxito rotundo. El público no solo iba a ver una película; iba a escuchar la voz de su ídolo. El éxito de la película desató el pánico en la industria: los estudios comenzaron a remodelar urgentemente las salas, y la producción de cine mudo prácticamente cesó en 1929.
La crisis del sonido primitivo y las «cámaras en las cabinas»
El período 1928-1930 se caracterizó por una búsqueda caótica de forma. Hollywood se vio inundado de revistas: colecciones de números musicales sin argumento, anunciadas con lemas como "Todo canto, todo habla, todo baila". La película "The Broadway Melody" (1929), ganadora del Óscar a la Mejor Película, consolidó el canon del "musical entre bastidores", en el que la trama justificaba los números musicales como ensayos para una producción.
Las limitaciones técnicas de los primeros equipos de sonido provocaron una regresión temporal en el lenguaje cinematográfico. Las cámaras ruidosas debían ocultarse en cabinas insonorizadas, apodadas "neveras". Los operadores de cámara se encontraban encerrados en una habitación sofocante, sin poder hacer panorámicas ni cambiar los ángulos de cámara. Los actores, a su vez, se veían obligados a apiñarse alrededor de micrófonos ocultos en el set, temerosos de alejarse y perder el sonido. Como resultado, el cine mudo dinámico dio paso a las estáticas "cabezas parlantes".
Sin embargo, este período produjo las primeras obras maestras. Love Parade (1929) de Ernst Lubitsch demostró cómo la música podía integrarse en la narrativa, evitando las convenciones teatrales. Sin embargo, la sobreabundancia de imitaciones de baja calidad en el mercado provocó el rechazo público del género. Para 1931, los estudios comenzaron a cortar canciones de películas terminadas antes del estreno, por temor al fracaso.
Busby Berkeley: La geometría y la liberación de la lente
La salvación del género llegó en 1933 con la película "Calle 42" y el coreógrafo Busby Berkeley. Berkeley, sin experiencia en danza teatral, abordó la filmación como un estratega militar (algo que ya había hecho en su pasado, organizando desfiles). Comprendió la clave: en una película, el público no tiene por qué sentarse en la platea.
Berkeley liberó la cámara. Usó grúas, monorraíles e incluso serró agujeros en los techos del estudio para sus famosas tomas desde arriba. Los bailarines de sus números se convirtieron en elementos de un caleidoscopio viviente, creando patrones geométricos abstractos. Los rostros de los intérpretes a menudo no importaban; lo que importaba era la forma y el atractivo para el público.
Una innovación técnica clave fue la adopción generalizada de la reproducción: la filmación con una banda sonora pregrabada. Esto permitió retirar los micrófonos del escenario y restaurar la movilidad de la cámara. En "Buscadores de Oro de 1933" y "Desfile de Candiles", la cámara voló entre filas de bailarines, se sumergió en el agua y se elevó hasta la cima de la cúpula, creando un espectáculo imposible en el escenario de un teatro.
Estética RKO: Fred Astaire y Ginger Rogers
Mientras Warner Bros. apostaba por la escala y el surrealismo, RKO ofrecía una alternativa: la intimidad y la elegancia de Fred Astaire y Ginger Rogers. Su colaboración comenzó con Volando hacia Río (1933) y definió el género durante una década.
Astaire impuso estrictos requisitos de filmación: los bailes debían filmarse en su totalidad, con un mínimo de cortes, para que el público pudiera apreciar la continuidad del movimiento y la destreza de los intérpretes. «La cámara debe bailar con nosotros», insistió. En películas como Sombrero de copa (1935) y Swing Time (1936), los números musicales dejaron de ser meros espectáculos secundarios. Se convirtieron en el motor de la trama. Los personajes se enamoraban, se peleaban y se reconciliaban a través del baile. Este enfoque se denominó «musical integrado», un formato en el que la música, la letra y la coreografía sirven para desarrollar el carácter.
MGM y el equipo de Freed: El apogeo del sistema de estudios
A finales de la década de 1930, la Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) asumió el liderazgo del género. Bajo la dirección del productor Arthur Freed, se formó una unidad creativa única conocida como "La Unidad Freed". Freed reunió a los mejores talentos de la época: Judy Garland, Gene Kelly y los directores Vincente Minnelli y Stanley Donen.
El catalizador técnico de esta nueva era fue el Technicolor de tres películas. Sus colores vibrantes y saturados eran ideales para crear los mundos escapistas de los musicales. Un ejemplo clásico es El mago de Oz (1939), donde la transición de los tonos sepia de Kansas al Technicolor de Oz se convirtió en una metáfora visual del poder de la imaginación.
La película "Cantando bajo la lluvia" (1952) se considera la cumbre de la obra del grupo Frida. La película no solo exhibió el más alto nivel de coreografía y puesta en escena, sino que también reflexionó irónicamente sobre su propia historia: la dolorosa transición de Hollywood del cine mudo al sonoro. Aquí, el género logró un equilibrio perfecto: las canciones se convirtieron en una extensión natural del diálogo y el material visual adquirió una flexibilidad y riqueza sin precedentes.
La decadencia de la era clásica
A mediados de la década de 1950, los cambios económicos y sociales comenzaron a erosionar los cimientos del musical clásico. Un fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos separó los estudios cinematográficos de las cadenas de cine, privándolos de una distribución garantizada y de ingresos estables. Mantener enormes orquestas, coros y cuerpos de baile a tiempo completo se volvió financieramente insostenible. Simultáneamente, la llegada de la televisión y el rock and roll cambió el gusto del público joven, para quien la estética de las melodías de Broadway parecía arcaica.
El musical no desapareció, pero se transformó. Las producciones de estudio, al igual que las producciones en cadena, dieron paso a adaptaciones excepcionales, pero a gran escala, de éxitos de Broadway, como West Side Story (1961) y Sonrisas y Lágrimas (1965). Sin embargo, el período de 1930 a 1955 se recuerda como una época única, cuando los avances tecnológicos y la audacia creativa permitieron la creación de una forma de arte completamente nueva, que enseñó a la cámara no solo a capturar la realidad, sino a bailar con ella.
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