"Arde, arde, mi estrella..." de Yuliy Dunskoy, resumen
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La acción transcurre durante la Guerra Civil y retrata el intento de crear un teatro itinerante "revolucionario" en una ciudad de provincias, donde el poder y la moral cambian a un ritmo que supera la capacidad de renovación de la escenografía. El protagonista es el actor y director Vladimir Pavlovich Iskremas, quien se obstina en colocar el arte "elevado" ante una multitud aleatoria e intenta mantener a la gente a su alrededor cuando la vida misma los empuja al miedo, el cinismo o la violencia. El año de creación no se indica en el texto que acompaña.
El texto es conocido como la base de un guión para una historia que se ha vuelto ampliamente conocida en el cine; en las publicaciones está vinculado a la película del mismo nombre de Alexander Mitta.
Introducción: una feria y una compañía
Iskremas llega a la plaza del mercado con una patética "cabaña" y anuncia a gritos una función gratuita de "Julio César" en su propia adaptación, convirtiendo al público en "romanos" y convirtiéndose en el mismísimo Antonio. Casi de inmediato, un mago lo interrumpe, invitando al público a ver una película, "Drama en la Playa", y acompaña la función con un organillo que toca "Danzas Polovtsianas". El público, mirando con timidez los carteles con mujeres semidesnudas, pasa a la parte "interesante". Iskremas interrumpe su monólogo y experimenta la humillante sensación de una derrota profesional: su teatro ha perdido ante un espectáculo de feria.
Ante este panorama, Krysia, una joven ucraniana, testaruda y fácilmente ofensiva, pero que enseguida se encariña con el actor, aparece a su lado. Iskremas decide no dejarla sola y le propone un plan simple y "correcto", según su lógica: ir al Comité Revolucionario por la mañana y buscar la oportunidad de trabajar "oficialmente". Poco a poco, se va formando el pequeño círculo de amigos de Iskremas: gente del mundo de las ferias y miembros locales del nuevo gobierno aparecen cerca, y el teatro en sí mismo empieza a ser no solo una idea, sino también un proyecto cotidiano: un espacio, utilería, ensayos.
El poder cambia, pero el teatro permanece
Diversas fuerzas y lenguajes coexisten en la ciudad: las instituciones y los comandantes "rojos", los antiguos "caballeros" y oficiales, y los "verdes": hombres armados a los que se les llama directamente bandidos. Iskremas, al hablar con funcionarios gubernamentales y artistas locales, se enfrenta constantemente a la lógica administrativa que prevalece sobre la estética: a veces se le ofrece esperanza, a veces se le exige obediencia, a veces se le trata como un útil "agitador", a veces como un forastero sospechoso. Al mismo tiempo, intenta persistentemente hablar al público con el lenguaje de la tragedia y el ejemplo histórico, y durante los ensayos, rechaza con irritación los números "sentimentales" y exige a los actores y actrices una verdad diferente: una "militar", dura y sin adornos.
En medio de este caos, Iskremas estrecha lazos con sus compañeros bohemios, el ilusionista y artista Fedya (Fyodor Nikolaevich). Compartir bebidas y cantar "Arde, arde, mi estrella" se convierte en una breve forma de hermandad y autoafirmación. Sin embargo, la guerra irrumpe en su círculo con violencia directa: aparecen "caballeros" armados, se profieren amenazas y se realizan humillantes "juegos" con la muerte, donde se ofrece a alguien la oportunidad de probar su destino a punta de pistola. El artista Fedya es secuestrado a la fuerza, y la letra pronuncia directamente la aterradora frase: "Era un artista, y lo matasteis", lo que significa que el valor cultural no significa nada para el poder armado.
Krysia se transforma gradualmente de una chica común y corriente que conducía un carruaje a una actriz de la compañía, adquiriendo un papel central en el escenario: Juana de Arco con un largo vestido blanco. Iskremas la trata con condescendencia y, al mismo tiempo, mantiene la distancia, intentando hablarle con condescendencia, pero esto resulta humillante para Krysia: exige reconocimiento del amor adulto y no tolera términos despectivos. En la periferia de la compañía, Okhrim adquiere cada vez mayor protagonismo: debate sobre arte y poder, pregunta directamente a Iskremas qué le "dio" el régimen rojo y dirige la conversación hacia los "verdes", prometiéndoles "libertad" y libertad para el teatro en su presencia.
Cruce y carretera
El día de la función, los "cabezas rojas" de la ciudad acuden al auditorio, convirtiendo el teatro en una trampa propicia para un ataque armado. Okhrim sube al escenario a "verdes" armados, ordena que encierren a los actores, saca una ametralladora y anuncia que ahora habrá una función "diferente": una masacre del público. A Iskremas le aconsejan que se esconda, para que no lo maten "en el caos". Iskremas intenta detener la violencia gritando sobre mujeres y niños, y luego actúa como un técnico de teatro y un hombre desesperado: agarra un hacha de carpintero y corta las cuerdas que sujetan el telón.
El telón cae, cubriendo la ametralladora y a los atacantes, convirtiendo el escenario en un sofocante caos de tela, madera y armas, donde la gente corre a ciegas y las estructuras se derrumban. En este caos, Okhrim rasga la tela, apunta y dispara a Iskremas, provocando una mancha roja que se extiende por la camisa del artista y este se desploma cerca de las candilejas. Los Rojos devuelven el fuego, Okhrim muere y los Verdes son sacados de debajo de la cortina como si estuvieran atrapados en una red.
En el epílogo, Iskremas yace sobre una mesa cubierta con un mantel rojo en la sacristía. Krysya se sienta cerca, petrificada de dolor. Afuera, se fabrica un ataúd, y se escuchan los sonidos cotidianos del ejército victorioso. El soldado relata a otros una versión heroica, casi legendaria, de los hechos, en la que el "artista" supuestamente desmanteló la banda con una sola voz, y esta mitificación de la muerte ajena se convierte en parte del "destino póstumo" de Iskremas. Krysya, incapaz de soportarlo, jura que no vivirá, y es precisamente su desesperación la que marca el punto de inflexión: Iskremas se despierta repentinamente, se levanta, y resulta que no está muerto.
Después, se encuentran de nuevo en el camino: el carruaje con la cabaña se pierde en la niebla, y se entabla una conversación entre ellos: Krysya exige amor sin condescendencia, e Iskremas admite que la ama, pero teme arruinarle la vida con su estado de inquietud. De espaldas al río, relata en voz alta su propia vergüenza y fracaso, hablando del fin de la infancia y de cómo los trapos sucios pueden convertirse en papel blanco, listo para volver a escribir. Krysya regresa, mojada y temblando después de nadar, Iskremas la cubre con su chaqueta y continúan su camino, adentrándose en la niebla blanca, donde el futuro es invisible, pero el viaje continúa.
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