Giovanni Battista Tiepolo – Triumph of Zephyr and Flora
Ubicación: Ca Rezzonico, Museum of the eighteenth century (Ca Rezzonico, Museo del Settecento), Venice.
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El núcleo de la obra lo ocupa una figura masculina, robusta y musculosa, que se eleva sobre una estructura circular adornada con telas vibrantes en tonos naranja y dorado. Esta figura, presumiblemente personificando un dios del viento, exhibe una expresión de júbilo y dominio mientras levanta un brazo hacia arriba, sosteniendo una guirnalda floral. Su postura transmite fuerza y vitalidad, como si estuviera impulsando la escena hacia adelante.
A su lado, una figura femenina, presumiblemente personificando a Flora, diosa de las flores, se encuentra sentada sobre el mismo soporte circular. Su rostro irradia serenidad y belleza idealizada, mientras que sus ropas están profusamente decoradas con motivos florales. La delicadeza de sus rasgos contrasta con la fuerza del dios del viento, creando una tensión visual interesante.
Alrededor de ellos, un grupo de querubines revolotea en el aire, participando activamente en la escena. Algunos sostienen flores y guirnaldas, mientras que otros parecen disfrutar del movimiento y la alegría general. La presencia de estos seres alados añade un elemento de ligereza y fantasía a la composición.
En la parte inferior de la pintura, se aprecia una representación más terrenal, con figuras humanas en actitudes de adoración o celebración. Estas figuras, situadas en una posición más baja que los personajes principales, parecen contemplar la escena celestial con reverencia.
La paleta cromática es rica y variada, dominada por tonos cálidos como el dorado, el naranja y el rojo, que contrastan con los azules y grises del cielo. La luz, proveniente de una fuente no especificada, ilumina selectivamente a los personajes principales, creando un efecto dramático y enfatizando su importancia en la composición.
Subtextualmente, la obra parece celebrar la fertilidad, la primavera y el poder transformador de la naturaleza. El triunfo del viento y las flores simboliza la renovación y el renacimiento, mientras que la presencia de los querubines sugiere una conexión divina con estos procesos naturales. La disposición de los personajes y su interacción sugieren una jerarquía cósmica, donde los dioses influyen en el mundo terrenal. En general, se trata de una representación grandiosa y exuberante de un tema mitológico, caracterizada por la vitalidad, el dinamismo y la belleza idealizada.