Anselm Kiefer – jerusalem
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La obra presenta una composición abstracta dominada por tonos terrosos y grises, con incrustaciones prominentes de dorado. A primera vista, se percibe una textura densa y rugosa, construida mediante capas superpuestas de pigmento que sugieren erosión o fragmentación.
En el centro del lienzo, verticalidades oscuras e irregulares se elevan desde la base, recordando vagamente estructuras arquitectónicas en descomposición o troncos retorcidos. Estas formas no están definidas con precisión; su contorno es difuso y parecen emerger de un fondo caótico. El dorado, aplicado en manchas y vetas, interrumpe la monotonía cromática y aporta una cualidad luminosa que contrasta con la oscuridad circundante.
La paleta de colores evoca imágenes de tierra quemada, ruinas antiguas o incluso paisajes devastados por el tiempo o algún tipo de catástrofe. La ausencia de elementos figurativos concretos invita a una interpretación simbólica. Las verticalidades podrían aludir a la fragilidad de las construcciones humanas frente a fuerzas naturales implacables o al paso inexorable del tiempo.
La presencia del dorado, aunque escasa, sugiere un intento de rescatar algo de belleza o valor en medio de la destrucción. Podría interpretarse como una referencia a la memoria, la esperanza o la persistencia de un legado cultural. La obra transmite una sensación de melancolía y desolación, pero también de misterio y potencialidad. El tratamiento material de la pintura, con su textura palpable y sus contrastes cromáticos, enfatiza la idea de la transformación y el cambio constante. Se intuye una reflexión sobre la impermanencia de las cosas y la inevitabilidad del declive.