Camille Pissarro – Self Portrait. (1903)
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La composición es relativamente sencilla: el rostro ocupa la mayor parte del espacio, capturado en un primer plano íntimo. El hombre viste con ropa oscura, posiblemente un abrigo o chaqueta, que contrasta con la luz que entra por la ventana y baña su rostro y barba blanca, densa y abundante. Un sombrero de ala ancha cubre parcialmente su cabeza, proyectando sombras sobre sus facciones y acentuando la expresión melancólica en sus ojos tras las gafas.
El fondo, visible a través de la ventana, se presenta como una vista urbana difusa, con edificios y un cielo que se funden en pinceladas rápidas y fragmentarias. Esta representación imprecisa del exterior enfatiza el enfoque en la figura central, relegando el contexto ambiental a un plano secundario. La perspectiva es ligeramente descentrada, lo que contribuye a una sensación de inestabilidad visual y dinamismo.
Más allá de la mera representación física, esta pintura transmite una profunda introspección. La mirada del retratado, dirigida hacia el espectador con cierta intensidad, sugiere una búsqueda de comprensión o quizás un cuestionamiento silencioso. La barba blanca, símbolo universal de la sabiduría y la experiencia, se combina con las gafas para evocar una imagen de intelectualidad y contemplación.
El uso del color es notable: predominan los tonos oscuros y terrosos, atenuados por destellos de luz que resaltan la textura de la piel y el cabello. La pincelada libre y expresiva confiere a la obra una sensación de espontaneidad y vitalidad, a pesar de la evidente carga emocional que transmite.
En resumen, esta pintura no es simplemente un retrato; es una exploración del tiempo, la memoria y la identidad. El artista ha logrado capturar la esencia de un hombre en un momento particular de su vida, invitando al espectador a reflexionar sobre los misterios de la existencia humana. La atmósfera general sugiere una mezcla de nostalgia, sabiduría y una resignada aceptación del paso del tiempo.