Camille Pissarro – Pontoise, Les Mathurins. (1873)
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El primer plano está ocupado por una extensión de terreno cubierto de hierba, de tonalidades verdosas que contrastan con los tonos ocres y marrones predominantes en el resto del paisaje. Una hilera de árboles desnudos, característicos de la temporada invernal o tardío otoño, se alza a ambos lados del camino que serpentea hacia el pueblo. Estos árboles, con sus ramas esqueléticas apuntando al cielo, contribuyen a una impresión general de desolación y reposo.
En el plano medio, un grupo de figuras humanas y animales – lo que parece ser un campesino conduciendo bueyes – se encuentra en la carretera, añadiendo una nota de vida cotidiana a la escena. La escala reducida de estas figuras enfatiza la inmensidad del paisaje circundante.
El pueblo, situado en la parte superior de la pendiente, está compuesto por edificios de arquitectura sencilla y materiales modestos. Se intuyen chimeneas que sugieren actividad doméstica, pero la distancia impide una observación más detallada. La luz, filtrándose entre las nubes, ilumina selectivamente algunas áreas del pueblo, creando un juego de luces y sombras que realza su volumen y textura.
El cielo, con sus pinceladas rápidas y expresivas, ocupa una parte considerable de la composición. Las nubes, de tonalidades azuladas y blanquecinas, sugieren un día nublado pero luminoso. La atmósfera general es serena, aunque impregnada de una cierta tristeza.
Subtextualmente, la pintura parece explorar temas relacionados con el paso del tiempo, la fugacidad de la vida y la conexión entre el hombre y la naturaleza. La ausencia de figuras humanas prominentes sugiere una reflexión sobre la soledad y la insignificancia individual frente a la inmensidad del mundo natural. La elección de una paleta de colores apagados y terrosos refuerza esta impresión de melancolía y quietud, invitando al espectador a contemplar la belleza austera del paisaje rural. La escena evoca un sentimiento de nostalgia por un modo de vida sencillo y conectado con la tierra.