Camille Pissarro – Roses of Nice. (1902)
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El plano posterior está construido con cierta ambigüedad. Se distingue una ventana o abertura que permite vislumbrar un paisaje difuso: árboles y vegetación delineados con pinceladas rápidas y sueltas, sugiriendo la luz vibrante de un día soleado. Sobre esta abertura se aprecia un tapiz o tela rectangular, cuyo diseño es apenas perceptible, contribuyendo a una sensación de profundidad y a la fragmentación del espacio.
La técnica pictórica denota una búsqueda de la espontaneidad y la inmediatez. Las pinceladas son visibles, vibrantes, y el contorno de los objetos se diluye en una atmósfera luminosa. No hay una definición precisa de las formas; más bien, se privilegia la impresión general, la sensación de luz y color.
Más allá de la representación literal del ramo floral, la obra parece sugerir una reflexión sobre la fugacidad de la belleza y el paso del tiempo. Las rosas, símbolos clásicos de amor y perfección, aquí aparecen en un estado delicado, con pétalos ligeramente marchitos, insinuando su inevitable decadencia. El paisaje difuso al fondo podría interpretarse como una metáfora de la memoria o de un mundo idealizado, inaccesible. La disposición del jarrón sobre el mueble, junto a la ventana que da al exterior, evoca un espacio doméstico, íntimo y personal, donde se cultivan los placeres sencillos y se contempla la belleza efímera de la naturaleza. La presencia del tapiz, con su textura indefinida, añade una capa de misterio e invita a la introspección. En definitiva, el conjunto transmite una atmósfera serena y melancólica, invitando al espectador a detenerse en la contemplación de lo transitorio.