Camille Pissarro – Cour du Havre, Gare Saint-Lazare. (1893)
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El espacio intermedio está saturado de figuras humanas, un flujo constante de personas que se mueven entre carruajes tirados por caballos y lo que parecen ser vehículos más modernos, insinuando una transición tecnológica. La multitud es representada con una notable falta de individualización; son manchas de color y movimiento más que retratos definidos, sugiriendo la anonimidad inherente a la vida urbana moderna.
El uso del color es particularmente significativo. Predominan tonos rosados y grises, creando una atmósfera difusa y ligeramente melancólica. La luz no parece provenir de una fuente única y definida; se filtra y refracta en el ambiente, contribuyendo a la sensación de movimiento y vibración general. La pincelada es suelta e impresionista, priorizando la captura de la impresión visual sobre la representación detallada.
Subyacentemente, la obra plantea interrogantes sobre la experiencia humana en un contexto urbano industrializado. La grandiosidad de la estación contrasta con la insignificancia aparente de los individuos que la transitan. Se percibe una sensación de alienación y despersonalización, aunque también se intuye una cierta vitalidad inherente al movimiento constante. La escena no es simplemente una representación de un lugar; es una reflexión sobre el impacto del progreso tecnológico y la modernidad en la sociedad, donde las relaciones humanas parecen diluirse en la inmensidad del entorno construido. La ausencia de figuras centrales o puntos focales claros refuerza esta impresión de dispersión y anonimato.