Camille Pissarro – Landscape, Frost and Fog, Eragny. (1892)
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El autor ha dispuesto elementos estructurales que guían la mirada: en primer plano, se observan las ramas desnudas de árboles jóvenes, con sus contornos apenas definidos por el velo neblinoso. Estas ramas se extienden hacia el espectador, creando una sensación de inmediatez y cercanía. Tras ellas, un terreno irregular, cubierto de vegetación baja y tonalidades terrosas, se pierde en la bruma. En el plano medio, se distinguen los troncos más gruesos de árboles, también desprovistos de follaje, que se elevan hacia arriba como espectros silenciosos.
A la izquierda, se intuyen las siluetas de construcciones rurales: una chimenea y parte de un tejado, indicando la presencia humana pero sin revelar detalles concretos. A la derecha, una estructura de ladrillo sugiere una edificación más sólida, aunque también envuelta en la niebla. La composición es horizontal, enfatizando la extensión del terreno y la monotonía del paisaje invernal.
La paleta cromática se limita a tonos fríos: grises, azules pálidos, marrones apagados y toques de blanco que sugieren el hielo y la escarcha. El uso de pinceladas cortas y fragmentadas contribuye a crear una textura visual rugosa y vibrante, intensificando la sensación de frío y humedad. La luz es difusa y uniforme, sin sombras marcadas, lo que acentúa la atmósfera opresiva y melancólica.
Más allá de la mera representación del paisaje, esta obra parece explorar temas relacionados con la transitoriedad, el paso del tiempo y la fragilidad de la naturaleza ante las fuerzas invernales. La niebla no solo oculta, sino que también sugiere una sensación de misterio e incertidumbre. La ausencia de figuras humanas refuerza la idea de soledad y aislamiento, invitando a la contemplación introspectiva. Se percibe un anhelo por la calidez y el renacimiento, contrastando con la frialdad del invierno. La obra evoca una reflexión sobre la condición humana frente a la inmensidad y el poder implacable de la naturaleza.