Camille Pissarro – The Pork Butcher, 1883, Tate Gallery, London.
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El entorno inmediato está poblado por otras figuras: clientes, otros vendedores, todos representados con pinceladas rápidas y expresivas que sugieren movimiento y actividad constante. La multitud se difumina en el fondo, creando una atmósfera vibrante pero también un tanto caótica. Se percibe una sensación de profundidad a través de la superposición de las figuras y la gradación del color.
La paleta es dominada por tonos terrosos: ocres, marrones, grises y verdes apagados, con toques ocasionales de rojo en la carne y los pañuelos que adornan algunas de las mujeres presentes. La luz parece filtrarse a través del toldo, creando un ambiente difuso y ligeramente sombrío.
Más allá de la mera representación de una escena cotidiana, la pintura sugiere reflexiones sobre el trabajo manual, la vida rural o urbana de la época, y la dignidad inherente al oficio. El enfoque en la carnicera, una figura femenina trabajando en un entorno tradicionalmente masculino, podría interpretarse como una sutil reivindicación del papel de la mujer en la sociedad. La atmósfera general evoca una sensación de realismo social, capturando la esencia de una clase trabajadora y su día a día con una honestidad sin adornos. El uso de pinceladas sueltas y la falta de detalles precisos contribuyen a una impresión de inmediatez y autenticidad, alejándose de una representación idealizada o sentimental. La presencia del pequeño taburete verde en primer plano añade un elemento de cotidianidad y humildad a la escena.