Camille Pissarro – The Gardens of lHermitage, Pontoise. (1867)
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El primer término está ocupado por un jardín o huerto, delineado por una estructura formal de bordes rectilíneos, aunque su contenido parece estar en proceso de cultivo o abandono, con tierra visible y vegetación incipiente. Una figura solitaria, vestida con ropas oscuras, se encuentra inclinada cerca del borde del jardín, posiblemente realizando alguna tarea agrícola. A lo lejos, otros personajes parecen moverse por el terreno, difuminados por la distancia y la atmósfera.
La masa arbórea es densa y ocupa una parte considerable de la composición, actuando como un velo que parcialmente oculta las construcciones. Estas últimas se presentan como un conjunto de viviendas modestas, apiñadas en la ladera, con techos a dos aguas y una arquitectura sencilla. La luz incide sobre ellas, revelando detalles arquitectónicos y creando contrastes lumínicos que sugieren una vida cotidiana ordinaria.
El cielo, ocupando la parte superior del lienzo, está dominado por un azul intenso salpicado de nubes blancas y esponjosas. Esta atmósfera luminosa contrasta con la tonalidad más terrosa y apagada del paisaje, acentuando la sensación de profundidad y amplitud.
La pintura transmite una impresión de quietud y serenidad, evocando una vida rural tranquila y conectada con la naturaleza. No obstante, la presencia de las edificaciones sugiere también un proceso de urbanización incipiente, donde lo campestre se encuentra en transición hacia lo urbano. La figura solitaria en el jardín podría interpretarse como un símbolo de la conexión humana con la tierra, o quizás como una representación de la soledad y la melancolía inherentes a la existencia individual. El uso del color es deliberado: los tonos cálidos de las construcciones contrastan con los fríos azules del cielo, creando una armonía visual que refuerza la sensación de equilibrio y estabilidad. La pincelada es suelta y expresiva, contribuyendo a la atmósfera general de naturalidad e informalidad.