Gerard David (school of) – Madonna and Child eating
Ubicación: Academy Carrara (Accademia Carrara), Bergamo.
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La figura femenina irradia una serena melancolía. Su mirada es introspectiva, dirigida hacia abajo sobre el niño, pero sin mostrar una alegría exuberante; más bien, una contemplación silenciosa. El manto rojo, de intenso color, contrasta con la palidez de su rostro y enfatiza su figura central. La forma en que sostiene al niño, con un brazo protector y otro libre, sugiere tanto cuidado como una cierta distancia emocional.
El niño, por su parte, es el foco de vitalidad. Su expresión parece concentrada en la fruta que tiene entre sus dedos, y su cuerpo se arquea ligeramente mientras la saborea. La inocencia infantil es palpable en su gesto.
El paisaje de fondo es notablemente detallado y complejo. Se aprecia una vista urbana con edificios y figuras humanas, todo ello integrado en un entorno rural con árboles, caminos y colinas que se extienden hasta el horizonte. Esta dualidad entre lo urbano y lo natural podría interpretarse como una representación del mundo terrenal, contrastando con la santidad de los personajes principales. La perspectiva aérea utilizada para representar el paisaje sugiere profundidad y lejanía, creando una sensación de vastedad.
En el borde inferior de la pintura, se aprecia una dispersión de frutos rojos, que podrían ser fresas o cerezas. Estos elementos refuerzan la temática alimentaria presente en la escena principal, pero también introducen un elemento de fragilidad y transitoriedad, aludiendo a la naturaleza efímera de la vida.
Subtextualmente, esta pintura parece explorar temas de maternidad, inocencia, contemplación y la relación entre lo divino y lo humano. La serenidad melancólica de la Virgen sugiere una conciencia de los sufrimientos futuros que aguardan a su hijo, mientras que el niño representa la esperanza y la pureza. El paisaje extenso podría simbolizar el mundo en el que ambos están destinados a vivir, con sus alegrías y sus desafíos. La escena cotidiana, desprovista de grandilocuencia religiosa, humaniza a los personajes, acercándolos al espectador y sugiriendo una conexión más íntima con la divinidad. La composición invita a la reflexión sobre la naturaleza del amor maternal, el paso del tiempo y la complejidad de la existencia humana.