Benozzo Gozzoli – 18young
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En contraste, la parte superior del cuadro despliega un jardín idealizado, meticulosamente ordenado y simétrico. Una amplia esplanada verde se extiende hasta una imponente estructura arquitectónica: un castillo con múltiples torres y almenas, que se eleva sobre el paisaje como símbolo de poder y dominio. El camino sinuoso que conduce al castillo invita a la contemplación y sugiere una ascensión tanto física como simbólica. La vegetación es exuberante y variada, con cipreses altos y elegantes, arbustos floridos y árboles frutales, todos dispuestos en un patrón geométrico que refleja el control humano sobre la naturaleza.
La atmósfera general es de quietud y serenidad, aunque también se percibe una cierta tensión entre los dos mundos representados. El paisaje rocoso inferior evoca lo salvaje e indómito, mientras que el jardín superior simboliza la civilización y el orden. La presencia del castillo sugiere un anhelo por la seguridad y la estabilidad, pero también puede interpretarse como una advertencia sobre los peligros de la ambición desmedida.
La paleta cromática es rica y contrastada: los tonos terrosos y grises de las rocas se oponen a los verdes vibrantes y azules celestes del jardín y el cielo. La luz, aunque presente en ambas zonas, se distribuye de manera desigual, creando una sensación de misterio y dramatismo. El detalle minucioso con que se representa la flora y la fauna sugiere un interés por la observación científica y una valoración de la belleza natural.
En términos subtextuales, el cuadro podría interpretarse como una alegoría del viaje humano hacia la perfección, desde las profundidades de lo instintivo hasta las alturas de la razón y la cultura. El castillo representa el ideal a alcanzar, mientras que el camino sinuoso simboliza los desafíos y obstáculos que se deben superar en ese proceso. La yuxtaposición de los dos paisajes sugiere una reflexión sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, así como sobre la tensión inherente entre lo salvaje y lo civilizado.