Francis John Wyburd – the harem
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En el centro, una mujer reclinada sobre un diván azul intenso, con la mirada dirigida hacia otra figura que se encuentra a sus pies. Su postura es de relajación y contemplación, reforzada por la luz suave que ilumina su rostro y torso. A su lado, una segunda mujer, sentada en un sillón tapizado con telas ricas, sostiene un pequeño pájaro verde entre sus manos, observándolo con atención. La expresión en su rostro sugiere una mezcla de curiosidad y ternura. Una tercera figura, aparentemente más joven, está arrodillada frente a ellas, ofreciendo algo que parece ser una bebida o un dulce.
El sirviente, situado en la parte izquierda del cuadro, se encuentra de pie junto a una mesa con objetos decorativos. Su actitud es servil y atenta, observando las mujeres con discreción. La iluminación sobre él es más tenue, lo que sugiere su posición subordinada dentro de este entorno.
La paleta de colores es rica y cálida, dominada por tonos azules, dorados y rojos. Los textiles lujosos, como el diván azul, los cojines bordados y las cortinas carmesí, contribuyen a crear una atmósfera de opulencia y exotismo. La ornamentación del fondo, con sus intrincados patrones geométricos, refuerza la sensación de estar en un lugar lejano y misterioso.
Más allá de la representación literal de una escena doméstica, esta pintura parece explorar temas relacionados con el poder, la sensualidad y la contemplación. Las mujeres, representadas como figuras pasivas y sumisas, son objeto de deseo y admiración. La presencia del sirviente subraya las dinámicas jerárquicas inherentes a este contexto social. El pájaro, símbolo de libertad y belleza, podría interpretarse como una metáfora de la condición femenina en un entorno restringido.
La atmósfera general es de languidez y quietud, invitando al espectador a sumergirse en un mundo de fantasía y sensualidad orientalizada. La escena, aunque aparentemente idílica, también puede sugerir una sutil tensión subyacente, producto de las restricciones sociales y culturales que rigen la vida de sus personajes. El detalle del té sobre la mesa, el pájaro entre las manos, los ropajes… todo contribuye a un ambiente de refinada decadencia.